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El Manco López

La Trinchera de Curupaytí cruza la extensión del cuadro. Filas de soldados tiritan entre el fragor de los disparos de armas y cañones. Solamente falta el ruido de la guerra, el verdadero ruido que la pintura no puede hacernos escuchar, y sin embargo no hace falta. Vemos el humo, los resplandores de la pólvora, las corridas, la estampida del fuego en el aire.


Corría el año 1864, se iniciaba la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay. Llamada por los paraguayos “guerra Grande”, “guerra contra la Triple Alianza” o “guerra Guasú”, y por los brasileños “guerra do Paraguai”. Argentina, Uruguay y Brasil contra los paraguayos.

Cándido López se alistó en el ejército “para defender la patria” pero no sabía usar armas. Bocetó noventa cuadros porque sí sabía dibujar y usar pinceles. Pintó esa guerra extendiéndose en las batallas, en los campamentos, en los cruces de los ríos, en los desembarcos, en el abastecimiento de los ejércitos. Dejó un testimonio único. Gracias a él se conocen las marchas realizadas por los ejércitos, los traslados, las formaciones.



Es personaje de una historia propia y singular. Lo bautizaron el Manco de Curupaytí porque en esa batalla perdió su brazo derecho, sí, la mano y el brazo con los que pintaba. Pero fue capaz de reeducar su brazo izquierdo y realizar, años después, un trabajo que lo convirtió en nuestro “pintor de la guerra”.



Yo recuerdo a Cándido de cuando hacía la secundaria, sería, supongo, en Historia del arte. Miraba sus cuadros y no veía gran cosa. Sus soldados se parecían a aquellos soldaditos de juguete que teníamos en casa para remedar la guerra. Todo era tan chiquito, infantil. Pero López contempla desde un lugar omnipresente todo lo que abarcan sus ojos: cuadros apaisados, de colores pastel, en los que suceden siempre muchas cosas al mismo tiempo.



Esas “cosas” están enmarcadas entre el cielo y la tierra. Campiñas extensas, desbordadas de animales, cañones, soldados, vivos y muertos, seres diminutos, expuestos, montones de manchas con su vida propia. Campo de batalla. Los ríos cruzados por filas de huestes sin perfil, las carretas, los caballos y los bueyes y las mulas. Lagunas y pantanos. En el campamento los sables, carabinas y fusiles. Palmeras y naranjales, bandas de música, en la luminosa geografía del estrépito que los muertos dan a la tierra. Demuestra una habilidad particular en el detalle minucioso, se explaya hasta lo infinitesimal. Hay que acercarse a la pintura para captar cada relato, los fragmentos de cada imagen, el armado de una historia mínima dentro de la historia grande.


Perdió un brazo y construyó uno nuevo, tuvo doce hijos, hizo el retrato de Bartolomé Mitre, participó en los combates de Paso de la Patria e Itapirú, Estero Bellaco, Yataytí Corá, Boquerón y Sauce. Fue inválido de guerra. Concretó cincuenta y dos cuadros para la Nación, de los cien que pretendía.


Pintó a destajo cuando no existían los drones, ni los teleobjetivos, ni los digitalizadores, ni internet, ni tik tok, ni pinterest, etc., etc.


López fue hombre de hazañas.


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