Esa vereda, esa calle, esa escuela

Por Hilda López
La piba vivía en el conventillo con su hermano y sus padres. Era en Barracas, donde aún hay olor a nafta de colectivos en algún rincón. Inquieta, traviesa, difícil de gobernar iba y venía por esas escaleras de mármol blanco, de la calle a la pieza, de la pieza a la calle. El patio común solía ser el lugar donde se armaba “la previa”, con los chicos de los vecinos se organizaban qué hacer ese día para pasarlo bien, o mejor dicho, muy bien.
La vereda era el destino y, según el horario, la calle empedrada.
En la vereda se construían los comedores para las visitas, muñecas de todo color y tamaño y hasta de trapo, participaban del banquete de tortitas hechas de cartón con piedritas como confites. La mesa simulada por un trapito en el centro y alrededor ellas, las muñecas. La mayoría en el juego, eran nenas, los varones solían ser resistentes, solo uno o dos que se prestaban para ser de maridos que llegaban cansados a la casa y exigían un plato de comida porque ellos no querían ser parte del festejo, “es para mujeres” decían.
Los vecinos pasaban haciendo piruetas para no desarmar la escena y el festejo duraba lo que duraba hasta la primera pelea ya fuera por el lugar o por la tortita que se comió de más.
Al caer la tarde se avanzaba sobre la calle empedrada, era el momento más divertido, ¡hacer las estatuas humanas! . Una y otra , la bailarina, el león, la viejita, el payaso, estatuas de carne y hueso con los ojos fijos puestos como desafío para ganar la partida. De repente la voz de una mamá, “¡nena vamos adentro!”, y se sumaban las otras voces, dos, tres, cinco, formando un coro nocturno que aún suena en la memoria y recorre la fibra de los recuerdos.
El patio común, la vereda, la calle, día con sus noches, la fogata de San Juan, la mancha, la rayuela, la payana, la escondida. Era la calle el universo sagrado de los juegos de la infancia. Era ese lugar interminable que se llamaba risa, amigo, el secreto de lo inviolable. Era pertenecer a un espacio, ser protagonista del barrio, dueño del lugar, parte del ruido del tranvía a dos cuadras, pariente del almacenero, vecino como familia.
Miro y pienso en la escuela, en esa escuela sin guardapolvo, sin trenzas ni moños, así nomás, casi descalzos, casi vestidos, casi felices, totalmente felices. Esa escuela que enseñó a mirar al otro como parte y convivir en el mismo espacio, simplemente para vivir en serio. Esa escuela.















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