Frotame la espalda hija

Por Hilda López
Mi madre era la modista del barrio. Cada puntada con su Singer era un retazo que quedaba para mis vestidos de fin de semana. Colores y texturas que se desplazaban arriba de las camas, de las sillas y de aquella mesa de patas anchas y lustrosa en medio de la pieza habitada por mi familia en Barracas.
Recuerdo muchas cosas de aquella infancia, patio de baldosas negras y blancas compartido con los juegos entre los pibes del conventillo, los piletones donde las mujeres fregaban la mugre de los mamelucos de los hombres de la casa, las peleas de las vecinas, las fiestas de fin de año, las murgas del carnaval, los discursos de Perón en todas las radios de la vecindad.
Nunca sabré porqué exactamente uno de los recuerdos más fuertes, y que aparece en estos días de frío patagónico, es el de la imagen de mi madre inclinada sobre su Singer. Días de invierno y en la pieza sin calefacción estaba ella: su cabeza de cabello finito envolviendo una banana de pelo postizo que ornamentaba sobre la frente como una corona de reina, sus ojos pequeños detrás de los lentes y su tarareo de música española que aprendió de sus abuelos: “a la lima y al limón tu no tienes quien te quiera, a la lima y al limón te vas a quedar soltera”, repetía con gracias una y otra vez. Vuelvo a aquella imagen inclinada sobre sus costuras y el pedido: “frotame la espalda hija, se me pone fría, no se porqué”.
Con mis pequeñas manos una y otra vez recorría con toda la fuerza posible el centro de su espalda. “Qué bien!”, decía,” ahora está calentita”, y seguía pedaleando hasta la hora de hacer la comida, de lavar la ropa, de…
Esta mañana el termómetro marcaba 4 grados en esta parte de la Patagonia de un agosto que se atraviesa buscando un pedazo de sol que se resiste caprichosamente aparecer. Sentada frente a la computadora, sentí frío en el centro de la espalda que me estremeció el cuerpo, como una alarma, un llamado y una, esa voz, “frotame la espalda hija, se me pone fría y no se porqué”… me dí vuelta, me puse otro abrigo y lloré.















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