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Hay paredes que hablan

16 ago
3 min de lectura

Por Paz Bongiovanni


Hay paredes que hablan.

No dicen demasiado.

Un rostro.

Un nombre.

Una fecha.

Y, a veces, debajo de todo eso, una palabra.

“Chorro”.

Qué extraño el poder de las palabras.

Nombran.

Pero también pueden borrar.

Decimos “chorro”

y parece que ya no hiciera falta preguntar nada más.

¿Quién fue?

¿Quién lo esperó?

¿Quién lo llamó alguna vez por su nombre?

¿Quién lo vio cuando todavía era un niño?

Porque antes del delito hubo una infancia.

Antes del arma, quizá hubo un juguete.

Antes de la esquina, una vereda.

Antes del miedo, alguna risa.

Antes de que nosotros pudiéramos nombrarlo por aquello que hizo, alguien ya lo había nombrado de otra manera.

Hijo.

Hermano.

Amigo.

Pibe.

Y después ocurre la muerte.

Y aparece el mural.

Una pared se vuelve memoria.

Alguien pinta lo que nosotros habíamos dejado de mirar.

No para decir que estuvo bien.

No para negar el daño.

No para olvidar a las víctimas.

No.

El mural no absuelve.

El mural recuerda.

Y recordar es una forma extraña de justicia.

Porque quizá recordar no sea decir que alguien fue bueno.

Quizá sea simplemente negarse a decir que fue solamente malo.

Hay algo profundamente incómodo en eso.

Que alguien pueda haber hecho daño

y, al mismo tiempo, haber sido querido.

Que alguien pueda haber sido víctima

y victimario.

Que una vida pueda contener contradicciones que ninguna palabra alcanza.

Nos gustan las vidas sencillas.

Los buenos.

Los malos.

Los que merecen.

Los que no.

Pero las vidas no son sencillas.

Nunca lo fueron.

Y quizá una sociedad se vuelve más humana cuando puede mirar esa complejidad sin convertirla inmediatamente en condena.

Por eso miro esos rostros.

Y pienso en lo extraño que es que algunas vidas sólo consigan un lugar en nuestra memoria cuando ya no están.

Los miramos muertos.

Cuando vivos, quizá apenas los mirábamos.

Los lloramos cuando ya no podemos preguntarles qué les pasó.

Qué les faltó.

Quién no estuvo.

Qué puerta no se abrió.

Qué otra vida pudo haber sido posible.

Y entonces el mural queda ahí.

En una pared.

Como una pregunta que nadie termina de contestar.

Porque detrás de ese rostro hubo alguien.

Alguien que tuvo un nombre antes de tener una etiqueta.

Alguien que fue esperado alguna vez.

Alguien que, incluso en medio de todo aquello que hizo mal, fue querido.

Y tal vez eso sea lo que la pared viene a decirnos.

Que una persona no cabe entera en su peor acto.

Que condenar lo que hizo no debería obligarnos a dejar de verla.

Que comprender no es justificar.

Que mirar no es absolver.

Que recordar no es olvidar a quien sufrió.

Quizás se trate, simplemente, de algo más difícil:

aprender a sostener la humanidad incluso allí donde nos cuesta encontrarla.

Y entonces vuelvo a mirar el mural.

El rostro permanece.

La pared permanece.

El nombre permanece.

Y pienso:

qué poco sabemos de las vidas que juzgamos.

Qué rápido nombramos.

Qué rápido dejamos de mirar.

Y qué enorme puede ser, a veces, el gesto de alguien que pinta una cara sobre una pared para decir:

vos también fuiste alguien.

No para borrar lo que hiciste.

No para convertirte en héroe.

Sino para que nadie pueda decir que nunca fuiste humano.

Porque alguien te quiso.

Y quizá, frente a una vida que terminó demasiado pronto, esa pequeña palabra —alguien— sea todavía una forma de resistencia.



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