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La desobediencia comenzó hace mucho.

Antígona, con unos ovarios de puta madre, no se vería en aquél entonces como una niña, como sí se vería hoy, con tatuajes de serpientes en vertical o corazones flechados, y tal vez un dije en la nariz, tembloroso. Con la carne indomable bajo el pañuelo verde.


La chica ya estaba en edad de merecer, ya estaba listo su prometido, que se llamaba Hemón, hijo de Creonte, su tío. Ya tenía ese destino asegurado. Todo en familia. Pero llevaba una mochila puesta. No como las de ahora, estalladas de correas, broches, cierres y bolsillos, no. Una mochila como un peso, un fastidio, un enojo.



¿Alguien la vio?


Había andado sin canciones acompañando a su padre en su destierro por Grecia. Antígona ya sin madre, porque su padre se había quitado los ojos con los broches de la túnica de su esposa al conocer que ésta era también su propia madre y sus cuatro hijos, por lo tanto, hermanos suyos.


Este había sido Edipo, rey de Tebas, destinado a la tragedia, que los griegos llamaban “la fuerza del destino”. Pero no por ciego, ni porque Yocasta, su esposa y madre, se hubiese suicidado después de tales noticias, cesó de acontecer el destino como había sido predicho por el mago Tiresías.


Antígona supo de Eteocles y Polinices, sus hermanos, que se mataron entre sí por quedarse con el trono del padre, como hacen los hermanos que ambicionan. Había escuchado a su tío Creonte, regente de Tebas, decidir que uno de los hermanos recibiría los honores funerarios que correspondían a un hijo de la ciudad, y el otro no, porque había atacado la metrópoli como si no perteneciera a ella. Una cuestión muy relativa.


Antígona entre hombres, vacía también de Ismene, su hermana temerosa, está sola del lado femenino de esta historia. Y acá ella y sus ovarios, exasperada, con las manos sucias de asco, con el viento en los brazos, deshabitada, grita. Arremete contra el mandato de la autoridad que es macho, carga la tierra con las manos y los pies, la lanza sobre un cuerpo que ya no tiene derechos ni atributos.


Cubre al hermano Polinices, además, con flema, saliva y lágrimas, lo cubre y lo protege. Afronta lo establecido sin que le tiemblen las lastimaduras.


Luego dice “he sido yo”, quieta, como si fuera un tótem funerario.

Una vez condenada adelanta su destino con el final que ella decide, nadie le dirá cómo y cuándo morir… la seguirá Hemón en esta cadena de tantos muertos.


La semilla desgarra la tierra cuando crece. Todas las mujeres después de Antígona, todas las generaciones de mujeres crecieron desde esa tierra removida ese día por ella, lentamente, crecidas como carne sobre carne, cuerpo sobre cuerpo, nombre sobre nombre, grito sobre grito.


La voz de Antígona antes, y tantas voces hoy, vienen cruzando estos siglos y pocos lo entienden. Son un filo, cortan lo imposible.



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