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  • Mario Cippitelli

La foto de tapa

Hasta dónde llega el límite del interés periodístico y el respeto por la intimidad de las personas, es algo que se viene cuestionando en los medios desde siempre, aunque mucho más en la actualidad con el avance de las redes sociales y las nuevas plataformas digitales.

¿Dónde debería comenzar a actuar la ética de un periodista a la hora de cubrir una noticia impactante donde se mezcla la necesidad de informar con el dolor de los protagonistas que no son otros que seres de carne y hueso que viven, que piensan, que sufren?

Tuve mi propia lección hace 15 años, mientras trabajaba como periodista y editor en un diario de Cipolletti. Fue una forma brutal de aprendizaje y una experiencia que me marcó para toda mi vida profesional.

Ocurrió un sábado de enero de 2005 cerca de las 16, cuando con un grupo de periodistas estábamos terminando de editar las últimas notas del diario, que en realidad era un modesto suplemento de ocho páginas con todas las noticias posibles de la vida social y política cipoleña.


Siempre en verano costaba más encontrar historias para publicar porque la ciudad se paralizaba y la actividad en las calles era prácticamente nula, especialmente en horas de la tarde y con esos calores agobiantes. Quienes no estaban en los clubes o en el río, permanecían en sus casas. Por las calles no circulaba nadie.


Ese sábado teníamos el diario avanzado porque durante la semana habíamos producido un buen caudal de noticias, a sabiendas de que el fin de semana estaría muerto. Contábamos con buenas historias, pero no teníamos una foto buena para la tapa, es decir, una imagen que fuera lo suficientemente ganchera para que se luciera en la portada del domingo.


Sergio, nuestro fotógrafo, había salido a la calle a buscar una ilustración para una nota interna que no era demasiado importante, pero que la necesitábamos para cerrar el diario, cuando ocurrió algo inesperado.

De repente comenzamos a escuchar a lo lejos el sonido de una sirena que se acercaba cada vez más hasta la redacción ubicada en la calle Mengelle. Instintivamente me paré y les pedí a mis compañeros que hicieran silencio para tratar de determinar qué vehículo de emergencia se trataba. “Son los bomberos”, me dijo uno de los periodistas.


En efecto, la sirena de una autobomba se escuchaba cada vez más fuerte. En ese instante pensé en un incendio y en la posibilidad de la foto de tapa que hasta ese momento no teníamos. Agarré las llaves de mi auto y una pequeña cámara digital que siempre llevaba conmigo y salí a la calle para seguir el recorrido del vehículo que en ese momento pasaba frente a la redacción.


El carro siguió por esa calle, cruzó las vías y luego giró a la derecha, con dirección a Neuquén. “Debe haber un incendio cerca”, pensé mientras aceleraba para no perderlo de vista.

El coche continuó por Pacheco y pocos metros antes de llegar a la zona de los puentes, se metió por una huella de tierra que terminaba en el río y frenó. Dos bomberos se bajaron corriendo. Yo hice lo mismo y los seguí hasta que llegaron a un pequeño brazo del Neuquén que corre paralelo al cauce principal. “Soy periodista. ¿Dónde está el incendio?”, les pregunté agitado. “No es un incendio… si querés la foto, seguinos”, me contestó uno de ellos.


Los dos hombres comenzaron a cruzar el río con el agua hasta la cintura. Yo dudé unos segundos. Estaba con un jean claro, una camisa blanca y unos mocasines relativamente nuevos. Iba a terminar empapado y embarrado. Pero la posibilidad de tener la foto de tapa y la intriga por lo que había ocurrido fueron más fuertes.

Me metí al agua, con una mano levantada que sujetaba la cámara y avancé despacio hasta que llegué a la otra orilla que estaba a unos cinco o seis metros. Después seguí las huellas recién marcadas en un sendero angosto y arenoso que serpenteaba entre medio de juncos y pastizales, hasta que finalmente llegué a la orilla del río.


En el lugar había un grupo de personas en cuclillas formando un semicírculo. Entre ellos estaban los dos bomberos.

Me acerqué caminando despacio, bajé la cámara hasta la altura de la cintura para que nadie me viera y disparé una vez. Luego avancé unos pasos más desde otro ángulo y me encontré con una imagen inesperada. En el centro de la escena había un nene de unos 11 años llorando desconsolado al lado de un cuerpo que estaba tendido en la orilla con una remera tapándole la cara. Era el de su padre que se había ahogado. Ambos venían nadando aguas abajo cuando ocurrió la tragedia. Nunca supe bien qué había pasado, si fue un remolino, un calambre. Lo cierto es que el hombre había muerto delante de su hijo.


Volví a bajar la cámara con disimulo y gatillé nuevamente, pero en ese preciso instante el nene me miró. “¡No, por favor, no!”, me gritó suplicando. Dos hombres que estaban con él –no sé si eran parientes o testigos circunstanciales del hecho- se me vinieron encima insultándome. “¡Qué venís a sacar fotos, la puta que te parió!”, me dijo uno que ya había cerrado el puño para pegarme. Uno de los bomberos intervino y se puso entre medio. “Es periodista. No sabía lo que había ocurrido”, intentó calmarlo. Luego me miró y me hizo un gesto como pidiéndome que me vaya.

El nene seguía llorando con la cabeza apoyada en el pecho de su papá. El llanto era tan desgarrador que contagió al resto de los presentes. Y a mí, por supuesto, que a esa altura estaba tan impresionado con la escena que había quedado paralizado. El bombero me volvió a mirar. Y me fui caminando por el mismo sendero arenoso hasta llegar al pequeño brazo del río para cruzarlo nuevamente y llegar a mi auto.


Cuando entré a la redacción del diario, mis compañeros quedaron asombrados al ver mi aspecto, completamente embarrado y en estado de shock.

Les conté lo que había ocurrido. Les dije que tenía la foto de tapa y que me pondría a escribir la noticia para publicar en la página de sociedad. Antes, fui hasta la terraza que había en la redacción, enjuagué la camisa y el pantalón y los colgué en una cuerda para que se secaran.


Luego me senté semidesnudo frente al teclado y redacté una historia lavada, neutra, sin mayores detalles, solo para cumplir. Estaba realmente impactado por lo que había vivido y, la verdad, no tenía la voluntad ni el coraje para recrear aquel momento.

Planté la nota en la página y luego abrí la tapa para poner el título y la foto. Tomé mi cámara y descargué los archivos de las dos únicas imágenes que había tomado. Las miré una y otra vez y finalmente me decidí por una. Era la primera en la que se veía el círculo de gente en la orilla, con los bomberos. Apenas asomaban los pies del difunto.


“Tragedia en el río”, fue el único título que se me ocurrió. Y así cerré la edición.

Me cambié, acomodé mis cosas y antes de apagar la computadora volví a ver la segunda foto, la mejor, la más impactante, en la que se veía al nene llorando al lado del cadáver de su padre, mostrando todo el dolor a la cámara.

En un momento pensé en guardarla porque estaba convencido de que la imagen era perfecta en términos periodísticos, y porque en ese fotograma estaba contada toda la historia. Se percibía el drama y la tragedia, los sentimientos en carne viva, el punto máximo del desconsuelo.


Finalmente piqué la foto con el mouse y la borré. Y no solo hice eso. Fui a la papelera de reciclaje para asegurarme que también desapareciera de allí. ¿Un acto de cobardía? Probablemente.

Tal vez lo hice por temor a que la imagen quedara guardada y que algún un día, por una tentación periodística o morbosa, la fuera a buscar y me encontrara otra vez con ese nene gritándome su tristeza como en aquella tarde espantosa de verano: “No, por favor, no”.


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A Hilda la escuchás AQUI