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  • Hilda López

Aquellos inviernos de una Argentina que era rica.

Ladrillos calientes en la cama, muchas frazadas, ventosas para sacar el mal del cuerpo. Aquellos inviernos...


Era la ciudad de los inmigrantes, otra ciudad. Los veranos calientes hasta agotar fuerzas y primaveras con macetas apiñadas en un patio común y otoños con plazas amarillas cercanas a casa. Pero, otra cosa era el invierno. Era el que anunciaba gripes, resfríos, toses y todas las variantes que desde el calendario llegaban a partir del mes de mayo.


Ya para el 25, la Fiesta Patria se realizaba en el patio de la escuela, donde el abanderado temblaba llevando bien en alto la bandera argentina y nosotros cantábamos con la voz pequeña y temblorosa un himno aprendido con delantales blancos y escarapelas en el pecho. Un chocolate caliente remataba la ceremonia y la risa volvía a tener el sonido del pájaro vivo.

Pasaban los días y el frío se instalaba en cada rincón de la casa provocando un aluvión de pastillas de menta, eucaliptus y friegas de pomadas caseras en intercambio con las vecinas del conventillo. La primera señal de un resfriado fuerte, encendía la alarma a mi madre que salía corriendo a cuidar al enfermo .


Llevaba una caja con las ventosas adquiridas como joyas preciosas. Cada una tenía el formato de boca ancha, cintura algo angosta, y base otra vez ancha. Con un hisopo de algodón embebido en alcohol, encendía la llama mágica y ¡pum! directo a la espalda del enfermo. La piel se ennegrecía y llenaba de líquido el vaso, entonces mi madre decía satisfecha: "¡bien! ¡ahora va a salir todo para afuera!".


Ese "todo para afuera" era el mal que se estaría alojando en los pulmones. Era el mal tan temido. Luego el té con limón y miel, las friegas con vick vaporú, la ollita con hojas de eucaliptus aromando el ambiente, los "vahos" (las nebulizaciones) con el jarro de agua humeante con olor a menta sobre una tabla y la toalla cubriendo la cabeza para aspirar aquella milagrosa medicina. Todo era para sacar el mal tan temido de los pulmones.


Por la noche, un ladrillo envuelto en papel de diario calentaba los pies de mi hermano y los míos. Jugábamos a ver quién aguantaba más el calor del mismo, entonces mi madre hacía trampa: una noche cada uno se llevaba el ladrillo más caliente. Las frazadas eran cobijas heredadas y algunas tejidas por mujeres de la familia. A veces escuchaba el susurro de mis padres peleando la frazada y vencidos por el sueño terminaban abrazados compartiéndola (dormíamos todos en la misma pieza).


El invierno avanzaba y las vecinas contaban los combates que se libraban en cada casa para vencer al frío. Anécdotas de parientes enfermos y muertos, médicos milagrosos, recetas mágicas se mostraban como relatos de guerra mientras se compraba el pan en la esquina del barrio.


Para ir a la escuela, nos vestían como para ir a la Antártida: camiseta de friza, pullover, chaleco tejido, delantal, medias de lana (con la de algodón blanco encima porque no se podía ir con colores a la vista), zapatillas cerradas y guantes de lana. Con el aliento transpirando el frío llegábamos a la escuela donde una estufa pequeña a leña calentaba alguna de las aulas. Jugábamos a la mancha, a la escondida y tomábamos el mate cocido, entonces los cachetes se enrojecían de placer y felicidad.


En casa, mis padres alentaban el espíritu de coraje para enfrentar el invierno: "no seas floja, no hace tanto frío" , decía mi padre mientras mi madre calentaba la olla con la sopa más exquisita que recuerdo. El brasero encendido entibiaba la cocina y un calentador bram metal calentaba un rato la pieza donde dormíamos, por la noche: ladrillos y frazadas.


Esos inviernos de aquella Argentina poblada de inmigrantes llegados de todos lados buscando un lugar donde la vida fuese más amable, más esperanzadora.

Esos inviernos de una Argentina rica de riqueza real, con laburantes poniéndole el pecho al frío y a tantas cosas, con escuelas con maestros apasionados, con piquetes de esperanza en cada rincón.


Esos inviernos de una Argentina que florecía al amparo de braseros, ladrillos calientes, sopas deliciosas, ventosas, vahos, pastillas de menta y una enorme y gigantesca fe en las propias fuerzas para enfrentarlo todo.

Esos inviernos de esa Argentina rica de riqueza real. Hoy me conmueve recordarlos. Patagonia, 5 grados bajo cero, enciendo la estufa a gas y me meto en la cama calentita, abrazada a mis padres.


H.López - Publicado en Mejorinformado.com #inviernopatagonia #relatosescultura #hildalopez #layapacomparte

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