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  • Mario Cippitelli

La austeridad de otros tiempos

Vos me vas a decir que soy un nostálgico y yo te voy a contestar que sí, que tenés razón, pero en otros tiempos no muy remotos la vida era más simple, sin tantas complicaciones; mucho más austera que la que vivimos en la actualidad.


Cada tanto le cuento a mis hijos y no lo pueden creer. Me miran asombrados y se ríen cuando les recuerdo que en aquellas épocas que hoy parecen tan lejanas la gente se conformaba con menos. Es probable que lo hiciera porque entonces no se conocían tantos adelantos tecnológicos que cambiaron –dicen que para bien- la vida de millones de personas, pero se vivía de otra manera, sin tanta ansiedad, sin tanto frenesí de consumo, sin tantas frustraciones por cosas banales.


Cuando yo era chico no existían las tarjetas de crédito. La gente no gastaba a cuenta sino tenía el dinero. Y si lo hacía porque no le quedaba otra, utilizaba la libreta del almacenero, un pacto de confianza y buena fe; un fiado más formal con la rúbrica de ambas partes, en el que el que se endeudaba se comprometía a pagar y cuando llegaba el principio de mes lo hacía para que ese pacto se renovara con la vieja libreta de tapas negras.


Si había gastos más importantes, se utilizaba la chequera, pero siempre bajo la advertencia de que cualquier consumo debería tener el respaldo de la cuenta. No había planes de pago a largo plazo, ni cuotas mágicas o tentadoras. Se consumía lo que uno podía consumir.


Vos me vas a decir que soy anticuado y yo te voy a contestar que sí, que tenés razón, pero la economía hogareña también era más simple.

La mayoría de las cosas se compraban sueltas, por peso. No había que andar gastando de más en productos que le iban a sobrar. Si uno necesitaba 320 gramos de dulce de leche, compraba los 320 gramos, no un pote de 500, ni dos de 250. Lo mismo ocurría con el fiambre, las aceitunas, la harina, le azúcar y tantos otros productos. Todo se vendía a granel y se compraba lo necesario. Nada más.


Tampoco existían grandes centros comerciales, ni escaparates promocionando productos superfluos. En mi barrio había tres lugares de abastecimiento que no eran otra cosa que despensas: La de Miguel, Los Chingolitos y La Granja. Hasta allí iba caminando yo de niño con aquellas psicodélicas bolsas de colores y una lista de cosas escrita por mi mamá o mi abuela en un papel. Lo único que existía era un almacén mayorista al que mi papá concurría una vez al mes para realizar alguna gran compra grande.


Indudablemente eran tiempos mucho más austeros. En mi casa se tomaba gaseosa de un litro en envase de vidrio en los días de cumpleaños, la Navidad y el Año Nuevo. No existían las aguas saborizadas; a lo sumo bebíamos granadina o jugos concentrados que lejos estaban de parecerse al sabor de una fruta. Y salíamos a tomar helados solamente en verano, simplemente porque las heladerías cerraban el resto del año. Acaso por eso, la llegada del calor traía una doble alegría.


Ya lo sé. Me vas a interrumpir para decirme que ahora todo es más fácil de conseguir, y yo te voy a contestar que sí, que tenés razón, pero en mi infancia la economía del hogar también se basaba en la producción casera. Recuerdo a mi papá, en los veranos, comprando cajones de tomate para hacer salsa y envasar para todo el año. O a mi mamá haciendo dulces después de comprar frutas en las chacras, o a mi abuela preparando escabeches y conservas. Es cierto que eso significaba un mayor sacrificio, pero era también más económico. Y más rico.


Te recuerdo que por aquel entonces no existía el Delivery y que comprar comida hecha era un lujo que uno se daba muy cada tanto en las tres o cuatro rotiserías que había en el pueblo. Lo mismo ocurría con las pastas; solo se compraban en las fábricas cuando, por alguna razón, había fallado la producción de ravioles o tallarines que se amasaban en familia los sábados a la noche y que se dejaban extendidos en la mesa para comer al día siguiente. Eran rituales en los que grandes y chicos participábamos todos entusiasmados.


Me imagino que vos me vas a decir que todo eso se hacía porque no había demasiadas maneras de divertirse y yo te voy a contestar que sí, que tenés razón. Pero el entretenimiento era más simple.

Con mis hermanos nos divertíamos en la vereda con los juegos de la época: las bolitas, las carreras de autitos, las figuritas, los picaditos de fútbol en el barrio, las travesías por la barda, la Pelopincho en el verano. Los días de lluvia mirábamos el único que canal que había en la ciudad cada vez que pasaban las series en blanco y negro que tanto nos apasionaban. O leíamos pilas de libros e historietas que nos hacían viajar por el mundo a través de nuestra imaginación.


Los domingos eran especiales porque concurríamos al Cine Español cada vez que se estrenaba una película. Comprábamos maní con chocolate y nos asombrábamos con producciones que hoy parecen una zoncera, pero que para nosotros era algo maravilloso, al menos distinto.


En aquellos tiempos no había cable ni internet, ni música digital. En la antesala de nuestra adolescencia, con mis amigos pasábamos horas alrededor de un viejo combinado Ranser para escuchar los discos de rock que a veces comprábamos entre todos con nuestros ahorros y que intercambiábamos.

Tampoco había teléfonos celulares. Cuando queríamos juntarnos con alguien llamábamos al “fijo” o caminábamos lo que fuera para ir hasta su casa con el riesgo de que ese alguien no estuviera. ¿Acaso nos importaba?.


No me digas nada. Estás pensando en que me quedé en el pasado y que el mundo cambió. Y yo te voy a contestar que sí, que tenés razón. Pero cuando hoy veo tanta frustración colectiva frente a la abundancia innecesaria y a los miles de consejos para vivir mejor y recetas para alcanzar lo inalcanzable, me transporto a ese mundo de antaño.


Y cuando lo miro a la distancia, me convenzo de que, en efecto, antes todo era más simple, la vida transcurría en cámara lenta, la sensación de bienestar era distinta y, lo más importante: la felicidad pasaba por otro lado.


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