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Sobre trapos e indios

Este artículo fue publicado originalmente en la web de Va Con Firma



Por Fernando Barraza


En un rato Argentina juega la final del mundial frente a España y en Va Con Firma reflexionamos sobre dos postales notables que nos dejó la peleada semifinal contra los ingleses.

 


Postal Primera: ¿Viejos son los trapos?


Termina el partido de semifinales contra los ingleses tras un primer tiempo áspero como lomo de lagarto y un segundo tiempo realmente glorioso. Todo es alegría para nosotros.


El tiempo de los festejos parece que va menguando, pero de repente una bandera baja de la tribuna a la cancha porque alguno de los jugadores la vio. Alguien gesticuló fuerte y mucho para que la vean y la consideren. Más tarde nos enteraríamos que a sus autores la bandera les picaba en las manos, porque ya se estaba acercando la policía de Atlanta a sacárselas.


Locelso ve todo desde abajo, y es quien, sin pensarlo demasiado, toma la decisión de incluirla en los festejos que el equipo estaba haciendo en el campo de juego. La pide, se la tiran. La bandera empieza a ser protagonista.


Si bien baja enrollada, como si fuera una prenda que tiene que marchar boba al canasto de la ropa sucia, Giovani sabe muy bien que lo que está recibiendo no es ropa, mucho menos sucia. Sabe perfectamente qué es lo que dice, y por eso la despliega con respeto total. Se la muestra a sus compañeros apoyándola en el piso con una seriedad nerviosa, cargada de complicidad en el coraje. Todos los que están a su derredor aceptan la propuesta, la bendicen. Se va sumando el resto del equipo de a poco, todos en torno al trapo, llega hasta el capitán.


Entonces la levantan, comienzan a saltar y la blanden desplegada hacia la tribuna, para que la hinchada, que salta con ellos, se sume a la reivindicación pública. Y también para que las cámaras -que serán los ojos del mundo (¡miles de millones de personas!)- puedan ver lo que el pueblo argentino piensa y siente desde siempre:


“LAS MALVINAS SON ARGENTINAS”.


La bandera no es de diseño, no está impresa en un coqueto negocio de impresiones en telas, ni está diseñada con la mejor plantilla de IA disponible en el mercado. Claramente está escrita con la caligrafia de quien intenta ser prolijo con un pincel y un tarro de pintura negra comprado el día anterior en un walmart de Atlanta. Las letras, fuertes, un poco orientales, lucen guerreras sobre una sábana que hicieron bosta, una que fue sacrificada a tal fin, de seguro mangueándola por ahí, o trampeándola del derpa de airbnb, o del hotel atlanteño en el que paraban... andá a saber.


Esta no es una banderita para la selfi, no señora, no señor: este es un trapo gigantesco, un inmenso trapo de honor y espíritu combatiente. Este trapo estaba llamado a ser historia.


Y así como el trapo bajó de las tribunas a la cancha de querusa, gracias al coraje de quienes se animaron a entrarla oculta entre sus ropas; el momento malvinero que la selección le regaló al planeta también fue consecuencia de un acto espontáneo, no calculado, casi sin premeditación elaborada. Ninguna marca pudo terciar esta jugada. Ninguna asociación pudo injerir ni inferir este movimiento. Ningún algoritmo pudo anticipar ni sugerir nada en un “antes”. Nadie la vio venir. Todo surgió allí, nació y se consumó frente a los ojos del mundo. La potente belleza casual de un gesto.


Ahora: ¿esto quiere decir que la secuencia entera fue una mera casualidad? No, para nada. En el desglose de los acontecimientos podemos ver muchas cosas concatenadas, porque ese improvisado little-banderazo-gigante fue la fiel representación cultural en miniatura de una sociedad entera, todo un país en un gesto, desde los que patean con la izquierda hasta los que patean con la derecha. Y todo arrancó por el kía que expropió una sábana, que buscó entre sus amigos y parientes presentes en el cuarto del derpa o del hotel quien le sostenga el lienzo con firmeza para que él lo pinte. Y no pintó cualquier cosa, eh. No, no: escribió un reclamo soberano, el de Malvinas. Y lo hizo completamente a contramano, mientras la orden estatal -la de SU estado nación- era un rotundo NO, so pena de apercibimiento.


Y atentos, porque para comprender en profundidad qué paso el miércoles también hay que hablar de los motivos: su acción militante no fue para que lo vean en un fuera de contexto individualista de selfi, ni en un escenario random de red social. Lo que hizo fue para que lo vea un público masivo, en vivo y en directo para el mundo. Y entre esos ojos testigos, de a montones de montones, algunos millones serían los ojos ingleses, los del mismísimo pueblo del estado imperial que se robó las islas.


Mirá vos si no había épica en ese trapo...


Más, la cadena no se corta allí, porque esa manifestación anti colonial directísima también se hizo carne viral gracias a los jugadores de la selección, incluso aquellos que juegan y viven en Inglaterra, como el Licha, quien no dudó en declarar públicamente casi una hora más tarde de agitar el trapo que “es lo mínimo que le debemos al pueblo argentino”. Licha -¡en 15 días tiene que volver a Inglaterra!- tuvo tiempo para repensar la situación y pudo haber morigerado todo en las declaraciones del pasillo de salida del estadio, casi una hora después del banderazo. Pero no: eligió mantenerse firme en la idea de soberanía. Lo mismo hizo Paredes, por nombrar ahora un jugador local argentino, quien aseguró que las Malvinas no solo SON sino que SIEMPRE SERÁN argentinas.


Y probablemente la reacción y el pensamiento sea el mismo que el de ellos dos a futuro, cuando en documentales se les pregunte a cada uno de los protagonistas del partido del miércoles sobre el trapo y los saltos que dieron aquella tarde en Atlanta. No hay que asegurar lo que aun no ha pasado, es cierto, pero es muy poco probable que alguno de los jugadores abjure de lo que hizo con el hoy glorioso trapo en la mano.


Y no se bajen de este hilo aun, porque la cadena tampoco se corta aquí. Aunque no lo crean: hay más.


Docenas de medios poderosísimos del extranjero agitaron cacareos de moral herida por este “atropello” argentino, lo que demuestra a las claras la potencia concreta de esta acción y su efectivo mensaje anti imperialista; sobre todo porque esos medios son los que celebran en tapa a Infantino besándole los anillos a Trump (el que quiere intervenir en los reglamentos del juego pidiendo que quiten una sanción) y critican a Lamine Yamal por flamear una bandera palestina en un festejo en la calle, o -como en este caso que analizamos- defenestran a los jugadores de una nación que visibiliza un reclamo soberano que la mismísima ONU falla año tras año a favor de Argentina... salvo EEUU e Israel, bueno, vale la pena recalcarlo, sobre todo porque uno expulsó al seleccionado de Irán de su país haciéndolo viajar cada día de partido que disputó en este mundial de regreso a México y el otro.. bueno, ya sabemos lo que está haciendo el otro.


Mejor sigamos.


Digamos que estos constructos culturales, como el del repentino trapo malvinero, pueden bien ser espontáneos, sí, pero -como se ve con claridad notable- no son para nada casuales. Arrastran tras de sí una historia latente, detalles de construcción social que no se pueden borrar de un plumazo mediático, por más que se pongan millones y millones en motores de tendencia en redes y en “serios periodistas analistas” en medios empresariales masivos. Sobre todo porque todos esos detalles constructivos son justos y legítimos.


Los detalles que construyeron esa bandera antes de ser confeccionada en Atlanta son tan sólidos como latentes en la culturalidad viva de un pueblo sintiente. Por eso triunfó la acción, porque la confección de esa bandera y su posterior colada dentro del estadio fue un acto de resistencia con nada de branding y cálculo algorítimico, y el hecho de que la selección entera haya tomado la decisión de enarbolarla a los ojos del planeta de manera también espontanea fue un genuino acto de militancia, sin premeditación previa, sin participación de asesor de imagen alguno. Será por eso que muy pero muy pocos voceros oficiales con alto contenido de cipayismo en sangre se animaron a decir algo en contra de este acto. Si hasta el mismísimo presidente de la Nación, que reconoció públicamente el año pasado en una entrevista que no tenía problema alguno en que las Malvinas fueran inglesas, tuvo que reconocer la legitimidad de la acción trapera. Claro que lo hizo tercerizando la emoción malvinera en los jugadores -nunca ni remotamente cerca de él o de sus emociones- hablando también en representación del equipo técnico y de los veteranos (¿?), todo con un tono más lavado que el mate del segundo termo al mediodía...


En conclusión: en un mundo que debiera entender a esta altura de las circunstancias históricas de eso que llaman humanidad que el pensamiento colonial es uno de los síntomas más nocivos y arcaicos que venimos sosteniendo como especie pensante; no ha sido la ONU ni otros organismos bilaterales o multilaterales de negociación diplomática, sino un “casual” trapo de cancha y lo integrantes de un equipo los que han venido a patear el tablero sobre la soberanía en Malvinas y a encender públiamente la crítica encendida al colonialismo. Y todo en el escnario espectacular de uno de los dos países más poderosos del planeta bajo una acción protagonizada por... indios. Sí, sí: indios.


No lo dice este cronista, lo dice el mismísimo Lionel Scaloni.



Postal Segunda: El buen sentido de una palabra maldecida


Hasta que Lionel Scaloni habló el miércoles pasado del buen sentido de la palabra indio en conferencia de prensa para todo el planeta, en Argentina hacía rato que ningún medio de comunicación empresarial, ni ninguna voz oficial de gobiernos nacionales o provinciales, mencionaban la palabra indio más que para representar a un ser humano en apariencia atrasado, desorganizado, vago, hasta ventajero y usurpador.


Este relato despectivo, que tiene al colectivo originario como sujeto social a despreciar, está disfrazado de discurso novedoso, civilizado y superador, pero es viejísimo. Nació en Europa en la antigüedad, mientras los primeros imperios europeos se expandían hacia la mesopotamia y oriente. Luego se potenció en la era moderna, en el Siglo XVI, cuando comenzaron los grandes genocidios europeos a pueblos originarios de África, América, Asia Meridional y Oceanía. Cada pueblo originario de cada región en cada continente fue demonizado y brutalizado.


Desde ese entonces ese discurso no ha hecho otra cosa que crecer y multiplicarse por todo el planeta. Y ha servido para cometer crímenes de lesa humanidad a troche y moche.


De esta antigua letra europea disfrazada de “cosa nueva” tomaron argumentos los hijos, nietos y bisnietos de europeos, criollos ya, para fundar una república en estas latitudes, lo menos originaria y más colonial-dependiente-de-Europa posible. Algunos de ellos incluso eran hijos de personas originarias al cien por cien o, como en el caso de Domingo Faustino Sarmiento, hijos de madre zamba, con sangre india y afroamericana. Es una verdadera pena que Sarmiento haya nacido 45 años antes que Sigmund Freud, porque no le hubiera venido nada mal un par de añitos de terapia para resolver ese temita del odio que sentía por su propio linaje. Quien sabe, a lo mejor la historia de este país hubiera sido otra...


Bueno, pero regresemos al presente y recalquemos que “indios buenos”, lo que se dice buenos buenos, no aparecieron circulando por los medios masivos de comunicación de Argentina desde que en los 70's del siglo pasado dejaron de salir las tiras de Patoruzú y Patoruzito, historietas que caricaturizaban para bien -y en tono heroico- valores como la nobleza, el coraje y el amor por los territorios en un indio que POSEÍA MILES DE HECTÁREAS EN LA PATAGONIA que eran DE SU PROPIEDAD por UN DERECHO ANCESTRAL DE POSESIÓN (el del linaje Patoruzek) y que contaba con el reconocimiento del Estado Argentino y hasta con la venia de un encumbrado coronel argentino. Para colmo de colmos el indio ERA RICO y DISTRIBUÍA SU RIQUEZA sin miramientos, con alegría y excelente tino solidario.


Fuera de esta fantasía nacida de la pluma y el dibujo de Dante Quinterno (ídolo del mismísimo Walter Diney, para aquellos cipayos que aman babearse cuando desde afuera nos admiran) la palabra indio se usó y se usa popularmente para dar cuenta de algo atrasado, sucio, bestial y desleal. Es decir: el positivismo colonial europeo aun es regla impuesta y se hizo carne en el inconsciente colectivo hasta nuestros días.


En este contexto ya anquilosado históricamente -a fuerza de repetición impuesta, por suepuesto- el rescate intercultural que hizo el miércoles pasado Scaloni tiene un potencial similar a la del banderazo del trapo malvinero. Esto, al igual que la bandera, también llegó aparentemente “de la nada”, pero lo dijo todo.


Se haya dado cuenta scaloni de la puerta que acaba de abrir, o no, sus palabras trajeron a las casas del pueblo argentino un espejo en el que -contagiado por un fuerte discurso racista- al pueblo no le gusta mirarse ni ahí. Es este espejo, el que nos devuelve la imagen clara y real de un alto componente de sangre india en nuestra sociedad.


Colegir categóricamente en vivo para todo el planeta que sus jugadores (26 hombres jóvenes de la más empinada elite profesional futbolera internacional) SON INDIOS merecía una explicación si no minuciosa, al menos detallada. Y el gringo lo hizo. Lo primero que aclaró es que lo estaba asegurando lo decía “en el buen sentido de la palabra”, escampado esto procedió a explicar cual era ese sentido positivo que postulaba tan tajantemente y comenzó con un listado de argumentos que arrancó por el siguiente valor: “(ellos) -dijo- se han criado en ambientes donde no tenían miedo a nada”. Apología del coraje frente a la adversidad.


Lo segundo que aclaró fue que “(a ellos) no les pesa la responsabilidad". Ponderación de la valentía y el sensato poder de decisión sobre sus propios actos en la vida, los individuales y los colectivos (los del equipo, en este caso).


Lo tercero que disparó fue: “(ellos) se han criado en situaciones extremas". Nuevamente una ponderación del coraje y la capacidad de sostener en el tiempo valores y acciones de vida nacidas en fuertes adversidades sociales. La reflexión final de Scaloni tras este listado tan nítido finaliza enalteciendo el buen corazón de sus compañeros indios. Esos corazones eran la moraleja.


Con esta enumeración tan precisa y detallada de “el buen sentido de la palabra indio” volcado en el ejemplo de sus propios jugadores, el entrenador no hizo una mera descripción moral de sus compañeros de aventura, sino que abrió la puerta a una mirada mucho más profunda:


Existe una cultura india en nuestras tierras, y esa cultura está vigente, presente en un estrato social bien pero bien amplio, y bien viva.


Finalmente y lo que es más importante: esa cultura es buena, suma, agrega tanto que es capaz de llevar por segunda vez a la final del más grande campeonato del mundo a un equipo nacional. Un equipo intercultural, con mucho pero mucho componente... indio.


Es un poco complicado saber a ciencia cierta si esta declaración de Scaloni abrirá anchos caminos para una discución pública que no niegue ni demonice o prejuzgue negativamente nuestras propias raíces originarias como pueblo argentino, con este por demás visible componente originario en nuestra constitución social. Sobre todo porque la derecha abomina esta realidad y le baja el precio llamándole, por ejemplo, “mentiroso discurso indigenista”. Y ojo que hay más piedras en el camino eh, no solo están las que lanza entusiasmada la derecha eurocentrista y racista. También está el silencio y el poco interés por esta temática en particular por parte de las agrupaciones y fuerzas del llamado campo nacional y popular, ese que va desde el progresismo hasta algunas izquierdas. Ese que supuestamente represantaría los intereses de la mayor parte de nuestra sociedad.


Juzgando por lo que no se les ve ni se les oye, a esos actores y actrices de la política pareciera no importarles el potencial que le aportan a este estado nación la interculturalidad viva y latente, las visiones filosóficas, espirituales y políticas y los saberes originarios. Casi todos ellos cierran su campo de acción militante en una agenda -mal que les pese- que es muchísimo más europea, conservadora y hegemónica que regional, popular y plural. Una verdadera pena.


El werken mapuche Lefxaru Nawel dijo en noviembre de 2018 sobre el escenario del Estadio Único de La Plata, minutos antes de que cantara allí Roger Waters, frente a miles de personas: “nosotros no somos el problema, somos parte de la solución”. El miércoles -sabiéndolo o no- Lionel Scaloni esbozó una visión que va en el mismo sentido. Que bueno que lo haya dicho una persona respetada como él, incluso vista por nuestro pueblo como un auténtico gringo.


Quienes vivimos en Neuquén sabemos que el Huevo Acuña tiene sangre mapuche en linaje directísimo. Muchos en la Bahía y en Villa Mitre saben que Lautaro lleva esa misma sangre por parte de la familia de su vieja, y encima tiene un nombre mapuche, que es el de uno de los mayores Tokis de la historia.


Quienes no tiene miedo de mirar con los ojos de la comprensión sensata no demorarán mas de diez segundo en reconocer que, por más que tenga un apellido español, Licha Martínez tiene fuertes rasgos charrúas.


Vayan y gugleen fotos de Quito Romero y Rosa González, padre y madre del Cuti: allí danzan esos rasgos ancestrales a los que muchas veces se les baja el precio llamándoles “criollos”. Como en la mayoría de las barriadas de Córdoba las sangres sanavironas, camiares y tonocotecas viajan por las venas de toda esa gente. Todos indios, en el buen sentido de la palabra. Tan indios o mestizados como los pibitos que hoy van a entrenar a los clubes de pueblo o de barrio donde estos jugadores entrenaron de pibes hace 15 o 20 años.


Tan indios en el buen sentido de la palabra son estos jugadores que fueron capaces de hacer lo que ningún jugador del mundo “civilizado” ha hecho en la historia de los mundiales: reclamar soberanía nacional de una manera franca y directa. “Sin miedo a nada”, como dijo el gringo.


Por último, he de admitir que todo este artículo que escribí es un poco innecesario, lo siento, porque Martín Raninqueo, soldado combatiente en Malvinas y longko mapuche de la comunidad Challwako Triwe de la localidad platense de Ignacio Correas, el miércoles a la noche escribió una canción -¡porque también es un poderoso cantautor!- sobre su impresión como malvinero e indio tras el partido que disputamos frente a los ingleses. El longko la grabó con lo que le quedaba de voz tras el partido y los festejos. “Va esta toma”, me dijo.


Bueno... de alguna manera siento que él dice mucho mejor y de manera mucho más bella y contundente todo lo que estuve tratando de explicar con tanto párrafo. Me parece que tengo razon, vos escuchalo y... ¡decime si exagero!



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