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  • Maria A. Martinez

Teresa y la furia

El primer libro que Teresa de Jesús tomó prestado de la biblioteca de su tío, fue “Espístolas de San Jerónimo”, el mismo santo que disfrazaba de mujer todas sus tentaciones. La carmelita no parece haber tomado nota de eso porque desde esa lectura inició el camino que sería el de servir a Dios, y ser mujer no se lo impediría. Gran lectora, curiosa y emprendedora, gran roca de la iglesia cristiana, hoy contaría sin dudas con muchos like en Facebook.


A pesar de que en aquellas épocas no existían los medios con los que hoy contamos, los conventos de la monja medio cristiana, y en parte judía, gozaron de gran apoyo y acompañamiento porque las noticias igual volaban de boca en boca. Y Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada era tan prodigiosa en sus hechos que a todos despertaba curiosidad y amor.



Nació en muy buena cuna, en Avila, en el año 1515. Tenía en su casa todo lo que podía desear y allí mismo aprendió a leer y escribir, que ya se sabe, abre muy bien la cabeza al mundo. (en general). Muchas cosas aprendió Teresa por sus propios medios, eso la constituyó en la mujer fuerte que sería. Dos veces intentó fugarse de su casa para ir a tierra de moros, una, y para profesar, otro.


Dicen que era hermosísima y, tal vez un poco pagada de eso, comenzó a la edad del coqueteo a hacerse mirar por los muchachos, a mirar ella con agrados. De un primo con quien cambia mensajes, esquelas, baile, que parece se le daba muy bien, la alejó la familia mandándola un convento durante un año. A su regreso comienza con aquellos dolores que sentirá durante toda su vida, enfermedad que nadie puede diagnosticar pero sufriéndola, se acercará más a su Amado, como ella lo llama.


El velo en el Convento de la Ecarnación parece ser la mejor opción para no casarse y finalmente profesa, ya con la venia paterna.


Entre debilidades físicas que le rompen todos los huesos, cada uno un dolor, agregados los tormentos que se autoinflinge como penitencias, comienza a nacer en ella una búsqueda portentosa. No le será fácil encontrar respuesta pero hace su camino con mucha tenacidad, aun cuando cree que se muere más de una vez.


La primera Doctora de la Iglesia, como se la llama, escribió numerosos libros donde narra su acercamiento a Dios (una luz que me alumbra sin que la vea), describe a Jesús, a quien nunca ve entero, cuenta sus visiones o arrobos y los estados en que queda después de ellos: endulzada, redonda, extasiada. Cuenta también que ha visto al diablo.


Sobre estos estados muchas son las interpretaciones que se han hecho, muchos los análisis que van desde la histeria al Parkinson, sin dejar de lado los alucinógenos. El Doctor García-Albea (1) opina que la Santa tenía estos éxtasis como resultado de peculiares ataques epilépticos donde hay predominio de síntomas positivos y afectivos de bienestar y gozo, conocidos como la "epilepsia extática" donde el torrente sanguíneo se ve invadido súbitamente por endorfinas y dopamina en cantidades industriales.

Ella escribe: “Mi Amado para mí”:


Ya toda me entregué y di /Y de tal suerte he trocado/Que mi Amado para mi / Y yo soy para mi Amado / Cuando el dulce Cazador/Me tiró y dejó herida/En los brazos del amor/Mi alma quedó rendida,/Y cobrando nueva vida De tal manera he trocado/Que mi Amado para mí/ Y yo soy para mi Amado.


¿De qué manera podríamos no ver en estas líneas un lenguaje amoroso? Un lenguaje que se puede encontrar en cualquier texto o poesía de amor de cualquier literatura que haya producido el ser humano en su historia. Un lenguaje que sofoca si se quiere. Estos arrobos contados así, tan pasionalmente, se encuadran, según los entendidos, dentro del misticismo más estricto, que según el diccionario es el “estado de perfección religiosa que consiste en la unión o el contacto del alma con la divinidad”.



Encontramos un ejemplo magistral de esta unión en uno de los grupos escultóricos más espectaculares del barroco, el éxtasis de Santa Teresa, que muestra el momento en el que la Santa recibe el don místico de la transverberación (tal como ella misma describe en su Libro de la Vida). Un orgasmo que es como sentir “traspasado el corazón por un fuego sobrenatural”. El autor, Gian Lorenzo Bernini, como buen barroco no escatimó en intensidad dramática y fuerza dinámica, además -por supuesto- de su habitual y exquisito tratamiento del mármol.


Pero esta mujer inclasificable era muy mundana, vivía en el convento pero siempre relacionada con familia, amigos y quienes la querían conocer. Nada se le escapaba. Y es la misma comodidad que gozaba en esa reclusión bastante elástica, la que la empujará a buscar “esa otra cosa”. En las fundaciones ella encuentra una causa que le da su razón de ser.

Alrededor de 17 conventos fundó en España para dedicarlos a la oración y a interceder ante Dios por el mundo. Ella dice que Él se lo ordenaba, ¿pero cómo iba ella a hacer semejante cosa sin medio alguno? Y la orden no cambiaba, por lo que no había más remedio que hacerlo. Sucedió que aparecieron aquellos que echaban una mano acá y en todos los lugares donde era necesario. Recorrió caminos, sintió los fríos y los calores, padeció las carretas y los lomos de mula, los huesos quejumbrosos, los cielos encapotados, la humedad de musgo y lluvia, pero no perdió la risa y no la asustó la Inquisición que la acusaba de bruja.


Sin duda Teresa era testaruda, ella creía en cambiar las cosas y para ella cambiar era fundar. No producía dinero con sus conventos pero me detengo y pienso en que era su modo de protestar, de resistir, de decir: mi modo de imaginar es este, es distinto, es libre. Esto que ella arma es un pequeño lugar con sus propias reglas, es su obra y nadie podría disputársela.


Una vez muerta todos quisieron tener un pedazo de su cuerpo. Así sus miembros fragmentados acabaron repartidos por toda España, igual que sus conventos . Si esto no es amor ….

(1) Jefe de Neurología del Hospital Príncipe de Asturias - España


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