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Tiempo de fumar

hace 19 horas
2 min de lectura


Por María Aurelia Martínez


El tipo fuma. Tiene el pulgar y el índice, tenuemente puestos sobre el cigarrillo.

Aspira sintiendo el humo que baja por dentro, incendiándole la garganta, la tráquea, los pulmones. En la semi penumbra cada pitada se enciende como una luciérnaga. Se escapa un poco la ceniza, hay un infinito rumor de papel quemado y el humo se balancea por el aire, hasta perderse.


Las cuenta, el tipo cuenta cada seca. Va por la tercera.


No hay más que un reloj viejo sobre la mesa. De esos color plateado, marca Jazz, con la campanita arriba. Son las diez y cinco.


El tipo está en camiseta y en calzonzillos, los pies descalzos.


Se mueve para desentumecer el trasero aplastado contra un colchón fallecido hace mucho tiempo.


Vuelve a chupar, prolongando un poquito el tiempo y se achica más el cigarrillo. Ya son las diez y seis.


Tiene sed y hambre pero prefiere no comer, mejor el estómago vacío.


Los pasos de Suárez andan por el pasillo, aburridos. La chata debe estar entrando por la tranquera ahora, piensa.


Afuera ladran algunos perros, como “…aquél horizonte de perros…”, ¿de quién era eso? También se sienten algunos autos que pasan por la ruta.


Ahora Suárez se acerca.


─ Faltan diez minutos Tingo, preparate.


Hace dos pitadas más dejando que el humo salga por la boca, como en fuga apresurada. Cierra los ojos apoyando la cabeza en la pared. Hace un poco de frío, son las diez y ocho.


Apoya el cigarrillo sobre la mesita y se sienta en el borde de la cama.


Estira un poco los brazos. Se pone los pantalones, después la camisa. Vagamente piensa en que huele a transpiración profunda. Se pasa la mano sobre el pelo.

Las zapatillas sí, son nuevas.


Vuelve al cigarrilo, a aspirar de nuevo, son las diez y diez.


Se acerca a la silla y descuelga la mochila. Las dos nueve milímetros aparecen, limpias, cargadas. Son sus nenas lindas y obedientes. Ya el cigarrillo en la boca se le acaba, el humo se le va a los ojos. Inclina la cabeza para que se desvíe. Acaricia el metal frío. Vuelve a ponerlas en la mochila.


Son las diez y doce cuando apaga la luz solitaria de la bombita.


Suárez lo espera para cerrar la puerta, lo mira con fastidio.


Él ya sabe, el negro se enoja siempre porque lo ve lento. ¡Qué sabe Suárez! Siempre le quedó aquello de “Despacio que estoy apurado”. ¿Quién lo había dicho? Jamás podía aprenderse los nombres pero le gustaba eso de una frase para cada ocasión, le gustaba leerlas, esa sí se las aprendía.


Una vez afuera, tiró el pucho al suelo.


─ Che Suárez, a la vuelta nos comemos unos huevos fritos, ¿querés?

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