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Todo lo que entra en un año

Por Fernando Barraza


Un año es un ciclo. Ojalá algún día más y más gente pueda hacer carne este sencillo pensamiento, porque por lo general se suele pensar en el año como un mero periodo administrativo o lectivo, como una sucesión de días hábiles versus días feriados. En definitiva: como si la única intervención de valor en los ciclos de la vida fueran las que podamos darle los humanos con nuestras acciones civilizatorias.


Pero por más que tengamos la sensación humana de estar regulando los mercados y de estar posicionando ordenadamente a las cosas y a las personas en un tablero que nos pertenece, todo lo que es y existe más allá de nosotros continúa manifestándose a nuestro derredor con la lógica de existencia de los ciclos. Por explicarlo en sencillos términos regionales: ni a las alamedas, ni al viento, ni a los cuises, ni a las bardas les importa la cotización del Merval de esta última semana del año.


Un año es un ciclo. Si tomamos la convención del calendario gregoriano -y es lo que hacemos en todo el planeta- el ciclo va, en nuestro hemisferio, desde el tiempo de la exaltación de la fuerza vital de las cosas, cuando el sol llega más cerca de nuestros territorios y todas las vidas alcanzan una plenitud que pueden manifestar con garbo y potencia, hasta la próxima vez que el sol regresa a nuestros territorios tras haberse ido despacio hasta el hemisferio norte.


En la tradición occidental conocemos este periodo de comienzo de año como una "estación" y le llamamos verano. El pueblo mapuche, por ejemplo, le dice walung (interpretado como el tiempo de la maduración) o Antüngen (el espíritu regente del sol). El quechua le llama Ruphay Pacha (el calor en los territorios) o Poqoy mit'a (la época del madurar). El guaraní le llama Arahaku (el tiempo de lo caliente). El pueblo Toba/Qom le dice Nala ca nanaxac (el tiempo que es del sol). Se puede seguir citando una a una las diferentes maneras de mencionar al verano. Todas se enfocan en el ciclo y en lo que el sol, como regente de la "estación" le brinda a todas las vidas. Por eso dentro de las comunidades de pueblos originarios el "año nuevo" (llamémosle más adecuadamente el "nuevo ciclo") se celebra en el solsticio de invierno, cuando el sol ya terminó su camino de éxodo al norte y está volviendo a nuestros territorios a reverdecer las vidas. Todas las vidas.


Para las actuales civilizaciones globales, el verano es el periodo en el que hay que acomodar las economías regionales (las macro y las micro) a la prestación del servicio a las personas que se habrán de tomar vacaciones, entendiendo que habrá quienes las tomen y descansen y quienes las brinden y trabajen para un buen funcionamiento de la economía del turismo. Quienes toman esas benditas vacaciones tendrán la oportunidad de "desconectar" por unos días su pensamiento lógico diario de la idea sujeta a la maquinaria de producción y quienes brinden el servicio no lo harán. Ya les llegará el turno en otra oportunidad y en otro momento del año. O no. Ya no se puede saber a ciencia cierta si no se ha normalizado que haya gente que nunca tendrá descanso de la lógica de acción y pensamiento de la maquinaria de producción. No es ciencia ficción distópica, es el espíritu de época de estos días.


La ecuación de buena coexistencia no parece ser muy complicada, pero ¿Qué raíz tendrá lo que no nos permite conectar con todo lo que nos sucede en derredor? ¿elecciones, el famoso "libre albedrío" que hemos moldeado al gusto y forma de un aburguesamiento consumista? Puede ser. Sumémosle la malicia también, no olvidemos que todos los pensamientos e ideologías que promueven un acercamiento a la buena coexistencia con todo lo que vive y es -más allá de lo meramente humano y/o civilizatorio- es tildado con cinismo conveniente y de manera despectiva como "primitivo", "atrasado", "animista" cuando no de "jipi de mierda, vago e improductivo", ya que los tiempos actuales exigen insultos más que adjetivos calificativos.


¿Y con todo este espíritu de época visceral y acotado hacia dónde vamos, nadie es capaz de preguntarse una pregunta tan simple? Parece que no.


¿Cuántas cosas, vidas, yaceres y naceres entran en un año? Si lo miramos a través del calendario administrativo todo "se puede ver claramente" en números, cálculos binarios y algoritmos. Si nos ponemos en sintonía con los ciclos, el pensamiento, el razonamiento individual y colectivo, el comportamiento de acción social en comunidad y el buen devenir de todo se entrelaza inexorablemente con todo lo que vive y todo lo que es, con sus territorios y las fuerzas de vida de cada territorio.


¿Es tan difícil de comprender y de practicar? No. ¿Quiere esta civilización global practicar tal forma de vivir? Tampoco.


Cuidado. Tanto resto no tenemos antes de que el algunas de todas las otras vidas nos muestren que no somos capaces de coexistir con ellas y nos borren de un plumazo de pocos ciclos de la faz de esta existencia. No es apocalipsis, es biologicismo del más puro y excelso.


Vamos, trabajemos sensatamente para lo otro, la buena coexistencia. Es un buen cometido para este año y los venideros ¡Feliz nuevo ciclo estival a todo el mundo austral! Con felicidad, con optimismo sensato, como un perro caminando en un camino contagiado en verdes mientras el sol del verano le dice que sí a sus espaldas

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