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Una infancia

hace 10 minutos
1 min de lectura

Por María Aurelia Martínez


Una casa con sillas, mesa y desayuno. 


Sí, la mesa tendida y los trajines conocidos, los horarios y la escuela, los retos, los juegos salvadores (los mercados de vender ingenuas verduras) muñecas y espadas, unos árboles y tantas macetas.


Aleros rozados de palomas.


Hubo cerraduras, pudimos mirar adentro de algunas, pero no de otras demasiado secretas, demasiado prohibidas. Una reunión de mayores por algún asunto grave. 


El plumaje con color de una fiesta pequeña y sin embargo falta una lámpara.


Las moscas sobre el dulce del pan olvidado sobre la mesa, la taza con un café con leche a la mitad. También scones calientes.


Apurarse a buscar la bicicleta, el berrinche por la siesta de dormir aborrecida.


El álbum de fotos familiar, traigan a todos los que se han ido.


Algunas veces sufrí el temor y a veces me arroparon, o yo me lo imagino. 


Las botas de la lluvia, abrir el paraguas, hacer los panqueques, lavarse la cabeza, secarla al sol.


Cumpleaños felices, tortas, un regalo que no te gusta.


Una mantilla como un murciélago en un cajón. La comunión y las misas.


 Geranios.


 La máquina de coser poniendo un ritmo de tren, la olla con el puchero o la gallina muerta. Las tijeras, la pinza de depilar, los ruleros, los platos que venían de la abuela, las cortinas.


La boca abierta de no comprender. Eso que no sabíamos qué era, no lo sabemos hoy, y sin embargo afuera el día permanecía intacto. 


Ocupar la reposera, no prestarla.


Pisar las hojas del otoño y quemarlas en montoncitos.


Este es un glosario probable, falta todo lo demás.

 
 
 

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