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Ante todo parece que nada nos uniera, un derrumbe de olvidos precinta su historia y no sé por qué ahora vienen a buscarme las preguntas y no vinieron antes, justo ahora, y nunca antes.


¿Puedo tomar una gota del vidrio y sostenerla con el dedo? No conocí a mi abuela paterna, se pierde en una noche de más de cincuenta años, dentro de una huella que apenas transito.

Solamente tengo unas cuantas fotos sepia que han sobrevivido invictas en la cadena del tiempo, ahora desparramadas sobre la mesa. En la mayoría de ellas está acompañada pero yo solo la miro a ella. En esta cacería imaginaria soy rastreadora de esta punta a aquella punta y en el medio la oscuridad sin esqueleto.



Mi abuela se llamó Aurelia. Miro ese rostro de andaluza ¿me parezco a ella?

En la primera foto, Aurelia sentada en una silla frente a una puerta abierta, cruzada de brazos y piernas, lleva zapatos blancos, pero lo más encantador es una boina negra apostada elegante sobre su cabeza. Todo el conjunto es precario, la silla retacona está sobre una especie de vereda de ladrillo y cuando acaba la vereda, la tierra pura.


Detrás de ella una cortina corrida en la boca de una puerta de tablones, adentro, sin luces se adivina una mesa. En esa escena es ella sola, conjeturo: amable, sólida y confiada.


Luego otra, hay un banco de plaza con dos mujeres sentadas, una es Aurelia, vestida de negro con un collar de perlas largo, con una flor en el escote bote y las manos que aprietan un pequeño bolso. Otra vez lo más notable es su sombrero cloché, que es negro, y otra vez esa firmeza en el cuerpo que tiene algo de una almena de Almería. Se me ocurre.



Otra foto está hecha en un lugar extraño que me hace pensar en un zoológico, no me consta. Son dos matrimonios con sus niños, Aurelia sostiene uno en sus brazos. Apenas se ve la mitad de su cuerpo y, otra vez el sombrero, bajo, de platillo, puesto de costado, es blanco y de ala ancha.


Y esta otra foto de cuando ya está enferma, en cama, ¿y saben qué?, ella luce femenina y engalanada, con un pañuelo alrededor de la cabeza como turbante. ¿De qué color podría haber sido?


Una más y es la última, Aurelia caminando por un patio o una calle, con vestido y cinto negro, con pasos hacia alguna parte donde ponerle nombre a las cosas. Es una foto planeada, ella mira la cámara y avanza, un cierto porte de guerrera le veo, o me lo invento.


Una prima me contó que cuando llegaba del colegio y pasaba a verla, ella le pedía que bailara,” un poquito”, “unas palmas”, y que le cantara:

Ay Tani, Tani mi Tani Ay, Tani, Tani, mi Tá. Ay, Tani, Tani morena, gitana más buena no habido ni habrá.

Le brillarían los ojos, tal vez.


Mi búsqueda termina, están las canciones que aprendí por vía de mi padre que las aprendió de ella. Desde las fotos brota una mujer de talante y estilo, una música nace de un recuerdo, desde los ojos negros un vigor moruno y de azucena, y pienso que leí na vez: “Una mujer arrastra, circular, su sombra” yo digo: toda mujer, esta mujer.


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