Estrategias para una primera declaración de amor
- Mario Cippitelli
- 31 ago 2021
- 5 Min. de lectura
Siempre las primeras declaraciones de amor fueron difĆciles. Nadie estĆ” preparado para decirle a otra persona que la quiere. Puede ensayar estrategias una y mil veces, pero a la hora de expresar sus sentimientos, ahĆ en vivo, en persona, cuesta mucho. O muchĆsimo.
Y no me refiero a cualquier declaración de amor, sino a la primera que alguna vez hicimos. Es decir, la primera vez que tuvimos que enfrentar a alguien para decirle te amo, te quiero, me gustĆ”s, quiero que seas mi noviaā¦En fin.
Supongo que ahora las cosas cambiaron. Ya no hay tantos protocolos ni vueltas. Los adolescentes tienen mÔs libertad, los tabúes desaparecieron y hoy, los chicos y las chicas pueden asumir ese rol sin tantos preÔmbulos, ensayos ni estrategias, aunque sea la primera vez. Puede ser una charla casual que deriva en esa declaración franca y sincera, sin vergüenza o temores, que se cierra con un beso y chau, a otra cosa. Y si aquel amor no es correspondido, no pasa nada. Puede aflorar alguna pena, pero la vida sigue.
Pero para quienes pasamos los 50, aquella āprimera vezā no era un trĆ”mite sencillo, especialmente cuando las mariposas aparecĆan en la panza en el primer tramo de la adolescencia, casi en el lĆmite de la infancia.
Lo sufrĆ en persona cuando reciĆ©n habĆa cumplido los 14 y tenĆa mĆ”s experiencia en jugar a los autitos rellenos de masilla, o en cazar lagartijas en la barda, que en el arte de la seducción. Esa edad que marca ese lĆmite mĆ”gico y difuso que hace que uno se comporte como un niƱo, pero a la vez empiece a experimentar los sĆntomas de la adultez.
Por aquel entonces, conocĆ a una mujercita muy bella en la casa de unos amigos que tenĆamos en comĆŗn. Y me enamorĆ©. Ella tenĆa un aƱo menos y tuvo la misma reacción que yo ese dĆa en que nos conocimos. Eso me enterĆ© tiempo despuĆ©s, porque durante varios dĆas, nuestra comunicación fue un mero cruce de miradas cómplices, caritas, gestos, algunas que otras palabras y nada mĆ”s. ĀæCómo sabrĆa que esa hermosa jovencita realmente sentĆa lo mismo que yo? Era necesaria y urgente una declaración de amor.
En el grupo de amigos del barrio habĆa tipos experimentados en distintas actividades y pequeƱos oficios. Algunos eran expertos en rastrear lagartijas; otros en trepar los pinos que habĆa en el edificio de Vialidad para buscar nidos de palomas. TambiĆ©n estaban los habilidosos con la pelota y los de la punterĆa increĆble con la honda. Pero ninguno se caracterizaba precisamente por ser un galĆ”n seductor. Es que yo era uno de los mĆ”s grandes (sólo habĆa uno con 15 aƱos) y el resto andaba por los 13, 12 y hasta 10 aƱos, como mi hermano.
āTenĆ©s que decirle que ella te gusta mucho y despuĆ©s le das un besoā, me dijo Gabriel, el mĆ”s canchero y mayor de todos, que ya habĆa tenido su primera experiencia en materia de amores. Sonaba fĆ”cil, pero habĆa que hacerlo.
Algo parecido me dijo mi mamĆ” cuando le contĆ© que me gustaba una chica. Se rió y me abrazó. āĀ”DecĆselo!ā. Por supuesto que no me atrevĆ a pedirle asesoramiento sobre el beso. Ya la primera declaración de amor era un gran tema para ensayar. El protocolo para un primer beso era demasiado.
LeĆ algunos libros de poemas que habĆa en mi casa, especialmente uno que tenĆa las famosas rimas de Gustavo Adolfo Becquer, para ver si en aquellas pĆ”ginas podĆa encontrar las palabras que yo necesitaba. TomĆ© apuntes de algunas frases y escribĆ varios renglones que luego intentĆ© memorizar recitĆ”ndolos mil veces, como si estuviera por rendir una prueba de historia. Era obvio que aquel breve escrito comenzaba con āTengo que decirte algoā¦ā

Paralelamente, tambiĆ©n mirĆ© varios capĆtulos de novelas romĆ”nticas y pegajosas que daban en la televisión de los aƱos 70 para analizar el comportamiento que tenĆan los galanes. Eran escenas donde la pareja se miraba a los ojos durante varios segundos, mientras sonaba una cortina musical que paralizaba a todos los televidentes, hasta que el tipo finalmente le chantaba un beso como si esa fuera la Ćŗltima vez que iba a besar a esa mujer. Impresionante.
El dĆa que tomĆ© la decisión de declararle mi amor, la pasĆ© a buscar a la salida de la escuela. Nos vinimos caminando despacio desde MarĆa Auxiliadora hasta el centro y cuando estĆ”bamos por llegar a su casa, la invitĆ© a la plaza Ministro GonzĆ”lez. Era una tarde hermosa y soleada. En el lugar habĆa poca gente. Algunas madres con sus chicos, personas solitarias en los bancos⦠Los habituĆ© de siempre que tienen las plazas.
No sentamos debajo del monumento de aquel hombre que fue testigo de la fundación de la ciudad de NeuquĆ©n y nos quedamos mirando el paisaje. Cambiamos algunas palabras, pero a medida que corrĆan los minutos los silencios se hacĆan mĆ”s largos. No podĆa esperar mĆ”s. Yo sabĆa que ella sabĆa. Los dos sabĆamos.
IntentĆ© recordar lo que habĆa escrito y que āsupuestamente- lo tenĆa tan bien aprendido, pero no hubo caso. Lo Ćŗnico que me venĆa a la memoria era ātengo que decirte algoā.
Y en medio de aquella tormenta interna de pasiones y nervios ocurrió algo inesperado. O mejor dicho, ocurrió lo que los dos estÔbamos esperando que ocurriera.
En el silencio mĆ”s largo, de esos que dicen que se producen cuando pasa un Ć”ngel, nos quedamos mirando de frente, como si no importara nada mĆ”s en el mundo que ese momento. Y nos fuimos acercando despacio, sin miedo. Cada vez mĆ”s. De a centĆmetros, de a milĆmetros, hasta que finalmente nos dimos un beso hermoso, tan dulce como inocente.
AsĆ, acurrucados, aliviados por aquel desenlace, nos quedamos sin decir nada, mirando sin mirar, mientras la vida pasaba por entre nosotros y alrededor nuestro. CuĆ”nto tiempo transcurrió, no lo recuerdo.
Nos fuimos tomados de la mano hasta la esquina de su casa, pero sólo hasta ahĆ, temiendo que alguien de la familia nos viera. Y nos despedimos con otro beso, tan dulce y tan adolescente como el primero. Y me fui.
Cuando lleguĆ© a mi casa, mi mamĆ” se dio cuenta que algo me habĆa pasado, por la expresión de felicidad que yo traĆa. Y le contĆ©, pero sin mayores detalles. Especialmente evitĆ© todo lo referido a la frustrada declaración que habĆa ensayado durante tanto tiempo y que no habĆa recordado ni siquiera un renglón. Mi vieja me escuchó orgullosa, como si yo le hubiera relatado una gran proeza. Y me abrazó y me dio un beso.
Luego me fui a mi habitación a zambullirme en la cama para pensar. Necesitaba ese momento en soledad, con las manos cruzadas en la nuca, tratando de recuperar las imĆ”genes de aquel momento tan lindo: los ojos de mi niƱa amada, su boca, nuestros dedos entrelazados, la plaza, el entornoā¦
Ese dĆa fue uno de los mĆ”s importantes de mi vida. Me di cuenta que estaba abriendo la puerta de otro mundo que me esperaba: el de los amores y las tristezas, el de las responsabilidades y los compromisos; la antesala de la adultez que inevitablemente encontramos cuando salimos del refugio de la infancia.
Claro que fue un dĆa especial. Porque ademĆ”s de darme cuenta que empezaba a ser un hombrecito, habĆa recibido una de esas tantas lecciones que a veces nos da vida.
Aquel dĆa aprendĆ que nunca hubo ni habrĆ” estrategias eficaces para una primera declaración de amor. Ni mucho menos, protocolos para un primer beso.
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