http://media.neuquen.gov.ar/rtn/radio/playlist.m3u8 Estrategias para una declaración de amor
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Estrategias para una primera declaración de amor

Siempre las primeras declaraciones de amor fueron difĆ­ciles. Nadie estĆ” preparado para decirle a otra persona que la quiere. Puede ensayar estrategias una y mil veces, pero a la hora de expresar sus sentimientos, ahĆ­ en vivo, en persona, cuesta mucho. O muchĆ­simo.


Y no me refiero a cualquier declaración de amor, sino a la primera que alguna vez hicimos. Es decir, la primera vez que tuvimos que enfrentar a alguien para decirle te amo, te quiero, me gustĆ”s, quiero que seas mi novia…En fin.


Supongo que ahora las cosas cambiaron. Ya no hay tantos protocolos ni vueltas. Los adolescentes tienen mÔs libertad, los tabúes desaparecieron y hoy, los chicos y las chicas pueden asumir ese rol sin tantos preÔmbulos, ensayos ni estrategias, aunque sea la primera vez. Puede ser una charla casual que deriva en esa declaración franca y sincera, sin vergüenza o temores, que se cierra con un beso y chau, a otra cosa. Y si aquel amor no es correspondido, no pasa nada. Puede aflorar alguna pena, pero la vida sigue.


Pero para quienes pasamos los 50, aquella ā€œprimera vezā€ no era un trĆ”mite sencillo, especialmente cuando las mariposas aparecĆ­an en la panza en el primer tramo de la adolescencia, casi en el lĆ­mite de la infancia.

Lo sufrí en persona cuando recién había cumplido los 14 y tenía mÔs experiencia en jugar a los autitos rellenos de masilla, o en cazar lagartijas en la barda, que en el arte de la seducción. Esa edad que marca ese límite mÔgico y difuso que hace que uno se comporte como un niño, pero a la vez empiece a experimentar los síntomas de la adultez.

Por aquel entonces, conocí a una mujercita muy bella en la casa de unos amigos que teníamos en común. Y me enamoré. Ella tenía un año menos y tuvo la misma reacción que yo ese día en que nos conocimos. Eso me enteré tiempo después, porque durante varios días, nuestra comunicación fue un mero cruce de miradas cómplices, caritas, gestos, algunas que otras palabras y nada mÔs. ¿Cómo sabría que esa hermosa jovencita realmente sentía lo mismo que yo? Era necesaria y urgente una declaración de amor.


En el grupo de amigos del barrio había tipos experimentados en distintas actividades y pequeños oficios. Algunos eran expertos en rastrear lagartijas; otros en trepar los pinos que había en el edificio de Vialidad para buscar nidos de palomas. También estaban los habilidosos con la pelota y los de la puntería increíble con la honda. Pero ninguno se caracterizaba precisamente por ser un galÔn seductor. Es que yo era uno de los mÔs grandes (sólo había uno con 15 años) y el resto andaba por los 13, 12 y hasta 10 años, como mi hermano.

ā€œTenĆ©s que decirle que ella te gusta mucho y despuĆ©s le das un besoā€, me dijo Gabriel, el mĆ”s canchero y mayor de todos, que ya habĆ­a tenido su primera experiencia en materia de amores. Sonaba fĆ”cil, pero habĆ­a que hacerlo.

Algo parecido me dijo mi mamĆ” cuando le contĆ© que me gustaba una chica. Se rió y me abrazó. ā€œĀ”DecĆ­selo!ā€. Por supuesto que no me atrevĆ­ a pedirle asesoramiento sobre el beso. Ya la primera declaración de amor era un gran tema para ensayar. El protocolo para un primer beso era demasiado.


LeĆ­ algunos libros de poemas que habĆ­a en mi casa, especialmente uno que tenĆ­a las famosas rimas de Gustavo Adolfo Becquer, para ver si en aquellas pĆ”ginas podĆ­a encontrar las palabras que yo necesitaba. TomĆ© apuntes de algunas frases y escribĆ­ varios renglones que luego intentĆ© memorizar recitĆ”ndolos mil veces, como si estuviera por rendir una prueba de historia. Era obvio que aquel breve escrito comenzaba con ā€œTengo que decirte algoā€¦ā€

Foto Ilustración (Google)
Foto Ilustración (Google)

Paralelamente, también miré varios capítulos de novelas romÔnticas y pegajosas que daban en la televisión de los años 70 para analizar el comportamiento que tenían los galanes. Eran escenas donde la pareja se miraba a los ojos durante varios segundos, mientras sonaba una cortina musical que paralizaba a todos los televidentes, hasta que el tipo finalmente le chantaba un beso como si esa fuera la última vez que iba a besar a esa mujer. Impresionante.


El dĆ­a que tomĆ© la decisión de declararle mi amor, la pasĆ© a buscar a la salida de la escuela. Nos vinimos caminando despacio desde MarĆ­a Auxiliadora hasta el centro y cuando estĆ”bamos por llegar a su casa, la invitĆ© a la plaza Ministro GonzĆ”lez. Era una tarde hermosa y soleada. En el lugar habĆ­a poca gente. Algunas madres con sus chicos, personas solitarias en los bancos… Los habituĆ© de siempre que tienen las plazas.


No sentamos debajo del monumento de aquel hombre que fue testigo de la fundación de la ciudad de Neuquén y nos quedamos mirando el paisaje. Cambiamos algunas palabras, pero a medida que corrían los minutos los silencios se hacían mÔs largos. No podía esperar mÔs. Yo sabía que ella sabía. Los dos sabíamos.

IntentĆ© recordar lo que habĆ­a escrito y que –supuestamente- lo tenĆ­a tan bien aprendido, pero no hubo caso. Lo Ćŗnico que me venĆ­a a la memoria era ā€œtengo que decirte algoā€.


Y en medio de aquella tormenta interna de pasiones y nervios ocurrió algo inesperado. O mejor dicho, ocurrió lo que los dos estÔbamos esperando que ocurriera.

En el silencio mƔs largo, de esos que dicen que se producen cuando pasa un Ɣngel, nos quedamos mirando de frente, como si no importara nada mƔs en el mundo que ese momento. Y nos fuimos acercando despacio, sin miedo. Cada vez mƔs. De a centƭmetros, de a milƭmetros, hasta que finalmente nos dimos un beso hermoso, tan dulce como inocente.


Así, acurrucados, aliviados por aquel desenlace, nos quedamos sin decir nada, mirando sin mirar, mientras la vida pasaba por entre nosotros y alrededor nuestro. CuÔnto tiempo transcurrió, no lo recuerdo.

Nos fuimos tomados de la mano hasta la esquina de su casa, pero sólo hasta ahí, temiendo que alguien de la familia nos viera. Y nos despedimos con otro beso, tan dulce y tan adolescente como el primero. Y me fui.


Cuando llegué a mi casa, mi mamÔ se dio cuenta que algo me había pasado, por la expresión de felicidad que yo traía. Y le conté, pero sin mayores detalles. Especialmente evité todo lo referido a la frustrada declaración que había ensayado durante tanto tiempo y que no había recordado ni siquiera un renglón. Mi vieja me escuchó orgullosa, como si yo le hubiera relatado una gran proeza. Y me abrazó y me dio un beso.


Luego me fui a mi habitación a zambullirme en la cama para pensar. Necesitaba ese momento en soledad, con las manos cruzadas en la nuca, tratando de recuperar las imĆ”genes de aquel momento tan lindo: los ojos de mi niƱa amada, su boca, nuestros dedos entrelazados, la plaza, el entorno…

Ese dƭa fue uno de los mƔs importantes de mi vida. Me di cuenta que estaba abriendo la puerta de otro mundo que me esperaba: el de los amores y las tristezas, el de las responsabilidades y los compromisos; la antesala de la adultez que inevitablemente encontramos cuando salimos del refugio de la infancia.


Claro que fue un dƭa especial. Porque ademƔs de darme cuenta que empezaba a ser un hombrecito, habƭa recibido una de esas tantas lecciones que a veces nos da vida.

Aquel día aprendí que nunca hubo ni habrÔ estrategias eficaces para una primera declaración de amor. Ni mucho menos, protocolos para un primer beso.


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#todoescultura

Gracias! Ya ya te responderemos.

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