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  • Maria A. Martinez

Del Convento y sus memorias.

¿Qué se puede encontrar en el Portugal de 1717 que pueda interesarnos? La distancia temporal tiende a diluir los acontecimientos del pasado, sin embargo siempre hay hilos conductores que asemejan unos acontecimientos a otros y también unos seres humanos a otros.


No podemos escapar de los hechos que se han repetido a lo largo de la historia porque vuelven siempre de una manera u otra, hablo de los males, que tienen la virtud de permanecer, de conservar su fragancia, de cambiar los modos pero no la sustancia.


En su novela “Memorial del Convento” José Saramago habla acerca de una pequeña villa que se llama Mafra, cerca de Lisboa, donde ocurren unos hechos que tienen bastante de extraordinarios. Cuenta cómo es el amor entre Blimunda y Baltasar, cuenta sobre el padre Bartolomeu Lorenzo a quien desvela la insoportable locura de querer volar, habla de una época, sus costumbres, habla de clases sociales, de trabajos y de supervivencia. Pero de toda esta historia ambiciosa y fértil he tomado solamente un fragmento que percibo como una metáfora.

El traslado de la piedra monumental, desde la cantera hasta el lugar donde el convento se erguirá como cresta de gallo infatuado, se convierte en la gran representación de una tragedia.


Sabemos que los reyes en la antigüedad no solían encontrarse en el trono por una cuestión de mérito ni de carrera, simplemente nacían en cuna de oro, nacían de rey y de reina, tenían el trono puesto. (También hoy es así).

No sabían lo que era ganarse la vida con fuerza y coraje por lo que no tenían la capacidad de pensar en los que sí vivían gracias a esas dos virtudes. Entonces he aquí un señor rey titulado Juan V, de Portugal que goza de esos privilegios dados por dios.


Su objetivo más importante es asegurar su descendencia, que no es trabajo menor porque, aunque tiene una reina consorte legítima, pasa el tiempo y ni todos los deseos ni todos los intentos producen el milagro de que su majestad quede embarazada.


A sugerencia de uno de sus acólitos (que tenía que ser un fraile), el rey promete a dios señor padre levantar un convento si le concede la gracia de un hijo. Como siempre en aquellos terribles tiempos todo empezaba y terminaba en dios, recordemos que se trata de cristianos. El hecho es que le es concedida la tal merced, la reina se embaraza.



A ese acontecimiento tan natural de la historia humana se encadenan desprevenidos destinos, como eslabones de cierta cantidad de gentes que, sin sospecharlo, quedan sometidas al cumplimiento de la promesa hecha. En la monarquía absoluta el abuso de poder despega la piel de cada súbdito sin el menor remordimiento. Allí están los sometidos sin saber que lo son porque para ellos todo es de la manera que se da, es decir así, como el sol que sale cada día.


Hay que levantar ese edificio que se terminará de construir en 1730. Se necesitan hombres, mulas, bueyes, carretillas, sogas, maderos, aguateros, calzos, albañiles, ruedas, troncos, carpinteros, agarres, hierros, escoras, guadañas, cuñas, clavos, provisiones, vaya a saber qué cantidad de cosas. Pero también vidas aunque se pierdan.

Para contar estos acontecimientos pongo entre comillas las palabras exactas del magistral narrador.


En medio del inicio de la construcción surge un capricho del rey, quien quiere una piedra entera para el balcón de la iglesia y esa piedra deberá ser traída desde Pero Pinhero. “… podrían usarse piedras más pequeñas para hacer el balcón pero entonces no se podría decir que es de una sola pieza”.


La tal piedra es “una laja rectangular, enorme, una barbaridad de mármol rugoso”. La madre de todas las piedras “. “… sobre la que podrían acostarse cuántos hombres, o ella aplastarlos”. Era ancha treinta y cinco palmos (8 metros), larga de quince (casi tres metros y medio) y el peso de treinta y un mil veintiún kilos, treinta y una toneladas. “… quien calculó los cuatrocientos bueyes y seiscientos hombres, si se equivocó, fue por falta, no porque estén de sobra”.


Quitándola de su lugar original para transportarla se atropellan las yuntas sin espacio para moverse. (Imaginar los caminos de aquella época). El carro que soporta una plataforma con la piedra arriba, por la rigidez de los ejes “giraba con dificultad en las curvas” y en las subidas tiraban los bueyes resbalando en el estiércol y en los orines, que eran regueros sobre la tierra. Cuando había una bajada el carro tendía a escaparse y no era otro el recurso que “ … meterle los calzos” y para mover la piedra “… tenían los hombres que agarrar las cuerdas de detrás de la plataforma, centenares de hombres como hormigas, con los pies hincados en el suelo, los cuerpos inclinados hacia atrás, los músculos tensos, sosteniendo el carro que amenazaba arrastrarlos hacia el valle, lanzarlos fuera de la curva como un trallazo”.


“Seiscientos hombres agarrados desesperadamente a las doce amarras que habían sido fijadas a la trasera de la plataforma, seiscientos hombres que sentían, con el tiempo y el esfuerzo, que se les iba yendo poco a poco la fuerza de los músculos, seiscientos hombres que eran seiscientos miedos de ser …” y “ … qué es realmente un hombre cuando se le va la fuerza que tiene y menos aún cuando le domina el miedo de que no baste esta fuerza para retener al monstruo que lo arrastra…”. “… todo el poder del rey sería viento, polvo, nada”, si los hombres y los bueyes no hicieran esta fuerza.


Uno de los hombres pierde el pie por pasarle una rueda encima. Otro, por igual motivo, queda hecho dos mitades más o menos iguales. También en un momento la plataforma cede hacia atrás y “apresó a dos animales contra la ladera cortada a pico, partiéndoles las piernas. Fue preciso acabar con ellos, a hachazos, y cuando se difundió la noticia vinieron los vecinos de Cheleiros al reparto, allí mismo fueron descuartizados los bueyes, corría la sangre por el camino, en regueros, de nada sirvieron a los soldados los varazos que repartieron, mientras hubo carne agarrada a los huesos estuvo el carro parado”.


Todos esos hombres no le han hecho “… ningún hijo a la reina y son ellos, sin embargo, quienes pagan la promesa …”. “… es una tropa de andrajosos que no iría en triunfales cortejos ni sería admitida en la procesión del Corpus”. No obstante nada impedirá que el balcón sea de una sola pieza y que desde allí el cura bendiga a quien se ponga a su alcance. Tarea cumplida.


Pienso en la Piedra como si fuera el poder moviéndose sobre las sombras humanas. Ese, el peso de la piedra contra la que ha luchado y lucha la especie humana como si no entendiera que ella misma la crea y la alimenta.


No es esta una apreciación, ya lo dije, de la novela de Saramago en general, sino de una pequeña parte, lo que no es razón para aprovechar la oportunidad de recomendar esta historia verdaderamente llena de encanto y vuelo… a pesar de ….


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