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  • Maria A. Martinez

Estar en la lluvia y ser pirata.

Las infancias son nuestro pasado más antiguo y también es cierto que hay infancias que son un paraíso y otras que son un infierno, como dijo Mario Benedetti. Pero no existe nadie que nos pueda prohibir reconstruirla, si queremos . Ni psicólogos ni sacerdotes ni gurúes. Puede ser uno de los mejores sitios donde acurrucarse para lograr un espacio tibio entre la realidad y el sueño.


“Si llevas tu infancia contigo, nunca envejecerás”
Ahí siempre todo el mundo es joven y las botas de la lluvia son altas y negras y podemos chapotear en el agua.

La lluvia era como un animal doméstico, pájaro, picoteándonos la cara y la curva de los brazos en el hueco del codo. Cuando éramos niños la lluvia no necesitaba promoción, ni prólogo, ni pronósticos, ni análisis. Llovía, simplemente, llovía. Llegaba cuando tenía que hacerlo, ni antes ni después.


Foto: Ilustración
Foto: Ilustración

Nadie la anunciaba, salvo ese olorcito previo, tierno en las narices, o aquel colorcito gris del cielo que avanzaba con prolijidad. Y nos dejaba pequeños ríos en las calles de tierra, deslizándose hacia el agote, para que jugáramos a la carrera de los barquitos y fuésemos dueños de ese espejismo. Era también el cielo esplendoroso de relámpagos y el fragor de los truenos llegando. O los vidrios empañados donde dibujábamos. Otros colores, otro aire, la lluvia nuestra y dócil.


Además en la infancia estaban los piratas. ¿Quién da más por un pirata hoy? Ser pirata era ser fuerte, tuerto, tener un sombrero y una calavera pintada, ser inmensamente malvado, navegar por mares sin fronteras, arriar las velas, dominar un timón, contar las rapiñas y llegar a islas desconocidas.


A la siesta secretos en el palo mayor, zafarrancho de combate, arrecia la tormenta, alerta por los enemigos, al abordaje, matar o morir.


Todo eso arriba de un árbol, tal vez recuerdo que:


Tú tenías el pañuelo atado en la cabeza y yo tenía un ojo perdido bajo el parche negro.

Tú tenías bigotes de carbón, pero yo era un hombre de fieros trabucos en el cinto de cuero. Y la bandera tenía esa calavera dibujada.

Y el barco era el árbol para simular la arboladura de la nave. Y nos trepábamos por el mástil de verdad hasta la altura del pinzote.


Yo guiaba el navío y tu espiabas el horizonte que se ondulaba.

Éramos malos y buscábamos el oro que no era nuestro.

Los cañones apuntaban en lontananza y amparaban nuestra avaricia.

De pronto llamó mamá para tomar la leche.

El mar desapareció velozmente, junto con aquellas ambiciones, y las armas fueron, de repente, pan con manteca.


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