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Robándole a Spinetta

9 ago
2 min de lectura

Este día empieza a crecer

Voy a ver si puedo correr

Con la mañana silbándome en la espalda

O mirarme en las burbujas

Tengo que aprender a volar

Entre tanta gente de pie

Cuidan de mis alas unos gnomos de lata

Que de noche nunca ríen

Si la lluvia llega hasta aquí

Voy a limitarme a vivir

Mojaré mis alas como el árbol o el ángel

O quizás muera de pena

Tengo mucho tiempo por hoy

Los relojes harán que cante

Y la espuma gira en torno a mi piel

Me han puesto manos para hablarle

A las cosas de mí y al fin mi duende nació

Tiene orejas blancas

Como un soplo de pan y arroz

Y un hongo como nariz cuatro pelos locos

Y un violín que nunca calla

Solo se desprende y es igual a las guirnaldas

Y es que nunca calla, solo se desprende

Y es igual a las guirnaldas

Este dia es algo de sal

Me dejó vibrando al nacer

Pesa y es liviano como un hilo sin nombre

Suena un poco a mi guitarra

Tengo que aprender a ser luz

Entre tanta gente detrás

Me pondré las ramas de este sol que me espera

Para usarme como al aire

Y es que al fin mi duende se abrió

Tiene un corazón de mantel y batón

Y un guiño al ver que todo es verdad

Ya los gnomos cuiden

A un violín que siempre canta

Nunca se adormece y es igual a las guirnaldas

Y es que nunca calla, solo se desprende

Y es igual a las guirnaldas

LUIS ALBERTO SPINETTA




Tan difícil encontrar unos gnomos, con mucha barba blanca o sin nada de barba y mucho pelo, absurdo y despintado. Dónde buscarlos ahora que ya no existen los enanitos de jardín siquiera, o nadie que les preste atención. Encontrarlos con un gorro de pompón o una pipa que nunca huele, tan blancanieves, de orejas puntiagudas y sacos cortos, con flores que se han puesto en la mano o un farol para alumbrar o fingir alumbramiento.


Sentados entre los hongos como ancianos buenos, entrando a la cabaña del bosque o apuntando el cielo para dispararle con el pico del sombrero.


Parecen tan sabios, tan piadosos. No cazan ni ciervos ni persiguen zorros, ni se cosen el dobladillo ni suben a caballos no domados, o no lo sé, no los vi. Cuánto han hecho sin tener testigos que nadie pueda acusarlos de sucios entramados ni traiciones.


Por eso, por el flaco que los nombra en los días de la vida pensé en buscarlos, en la cafetera, entre las velas, en las cortinas, en la canción, en el alféizar, en el umbral, bajo el alero, o más lejos … pero ya se me hace tarde. Sigo mañana. Un gnomo, un duende, que me descanse, como un mantel, un batón o un violín

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