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  • Fernando Barraza

Cine: Un Elvis para Shakespeare


Quizás lo mejor que pudo haber hecho la industria del cine norteamericana en torno a una visión definitiva sobre la figura de Elvis fue habérsela encargado a alguien que no fuera norteamericano. Lo que el australiano Baz Lhurmann ha hecho con el denominado rey del rock es simplemente genial.

Te dejo un solo spoiler, y lo hago acá, al principio de la nota. No es muy catastrófico, no te va a estropear el visionado del film, es un pequeño detalle:


Elvis desayuna. Ya son los días en los que el conservadurismo republicano ha comenzado a hablar pestes sobre “lo negro” que suele actuar el cantante sobre el escenario y lo perjudicial que es eso para la juventud blanca, cristiana y anglosajona. Si bien este es el comienzo de su recorrido, su popularidad ya empieza a ser masiva y Elvis Aaron Presley es material de primera plana. Por esto mismo, porque está en las noticias, el cantante toma un diario y lee en la portada que lo acaban de bautizar “Elvis the pelvis”, entonces tira el diario, lo mira a su manager, el coronel Tom Parker, y dice con el mayor desagrado “¡Es lo más pueril que he escuchado en mi vida!”.


La escena es íntima, la cámara está puesta de una manera que le roba toda la intimidad a Elvis en su enfado. Y no solo a él, pues también muestra al coronel como el ser que lo escucha, pero ya tiene preparada una reacción premeditada y algo maquiavélica. La escena, estéticamente hablando, tiene luz y sombras en cantidades excesivas, casi hay de esa bruma flotando en los planos, esa que hace que la luz fabrique más de un haz y “entube” a los protagonistas, como hacían Adrian Lyne y Alan Parker en los años ochentas, casi como si se tratara de una pequeña obra teatral de un solo instante. En este caso ese intimismo teatral es el instante previo a una secuencia posterior, que irrumpírá a los pocos minutos, en la que Elvis rugirá su furia negra en el escenario con una edición y un montaje casi de oscuro video clip de rock industrial, con una explosión cinematográfica que te hará abrir la boca.


Cuento indiscretamente esta parte del film en el que quizás adelante un poco de la trama, pero no lo hago porque el spoiler sea un deporte tentador, sino porque es uno de los momentos del film que pueden resumir de manera casi perfecta lo que la película de Baz Lhurmann ha logrado: inmensos momentos de síntesis de lo que es nuestra cultura global actual,


Si bien la cultura global está muy tallada en piedra norteamericana -o quizás gracias a eso mismo- el australiano ha logrado contar una historia que podrá ser comprendida con igual profundidad en cualquier parte del planeta, pero no porque sea una obra maestra del marketing audiovisual globalizado, sino porque trata sus temas con humanismo pleno, revelando qué se oculta detrás de aquello que una sociedad interpreta como “común” y “valedero” y qué como “extraordinario” y “único”.

Vuelvo al ejemplo de la pelvis, porque es buenísimo. La difamación por la vía del mote facilista es una herramienta muy útil que la usina de ideas del consevadurismo suele usar para restarle crédito social a las personas o instituciones, y por lo general -aparte de su tono peyorativo- tiene una coloratura infantil que, lejos de dar vergüenza ajena, se expande y ramifica en las sociedades que repiten y repiten y repiten algo que -supuestamente- es ingenioso. Doy ejemplos argentinos para que se comprenda mejor la idea: a Yrigoyen le decían “el peludo”; a Illia, “la tortuga”; a Cristina, “la Kretina”; a la clase política, “la casta”. Todos motes facilistas y despectivos que tienen rápido arraigo social.


Ahora: ¿es lo mismo la clase política argentina que Elvis? ¿Deberían despedirme de este portal por mezclar todos los temas? No, esperen, no me echen, no es lo mismo Yrigoyen que Evis, pero sí es la misma cultura del descrédito impulsada por quienes intentan la regencia de una moral e intereses impuestos desde un pensamiento aleccionador y totalitario. Bueno, esta es solo una de las cosas que muestra el film de Lhurmann con nitidez.


No es un biopic


El clima de época confunde un poco: ¿es esta película de Lhurmann una de esas producciones que la industria ha denominado “biopic”? No, no es “Bohemian Rapsody”, ni siquiera es “Rocket Man”.


Desde hace unos treinta años los capitales que invierten en las mega producciones de ficción audiovisual han llenado de biografías ficcionalizadas todos los medios imaginables.

Primero fueron los canales de TV y las salas, y más acá los servicios de streaming a demanda. Todas estas producciones, desparejas, vacilantes entre lo meramente aceptable (cuando no desastrosas) y algunos chispazos de buen cine. Ninguna deja de ser complaciente con su cometido: entregarle al gran público lo que espera de su estrella aludida.


Esta película no es eso.

Dice el director que pensó en tomar los personajes biográficos de Elvis y el coronel Parker como antagónicos cercanos, casi indivisibles en su sino de vida, para convertirlos en personajes shakespireanos. Dos personajes que cuenten la tragedia de la vida. Pues un poco se ha salido con la suya.


Lejos de querer cumplir con reconocibles “momentos filmables” de la vida de Elvis, Lhurmann se empeñó mucho más en mostrar qué motivaciones existen detrás de sus dos héroes/villanos antagónicos. Parecerá un cliché remanido en una reseña crítica de una obra de ficción, pero quizás haya que ser precisos y detallar que en esta peli no hay héroes ni villanos bien definidos, y que eso es uno de sus mayores aciertos.


Pero volvamos dos minutos a Shakespeare y su manera de construir ficción. William era capaz de juntar una escena baladí de campamento de soldados colindando con una sesuda escena de senadores conspirando con profundidad filosófica en “Julio Cesar”, o narrarte en síntesis la construcción perfecta del poder a través de un personaje casi bufo, casi malévolo total y sin par, como Ricardo III. Aquella cosa que decía Kurt Vonegut señalaba sobre los resortes argumentales espléndidos que usaba el bardo, pero sin salirse de una sana linealidad en el relato. A ver, no es tan fácil de explicar. Mejor que te lo explique el mismísimo Vonegut...


¿Tenés 15 minutos? Mirate este video y cuando termines seguimos:



Tiene razón Vonegut: hay una gran posibilidad de acierto cuando trazamos un relato sin tanta parábola, cuando -como dijo el viejo Kurt en el video- se narra el relato “como lo narran los borrachos”, es decir: sin aclarar tajantemente qué es “lo que es bueno” y qué es “lo que es malo”. Lo que no significa que quien lee/mira no sepa determinar -desde sí mismo- dónde es que está la ruina, dónde la salvación, dónde la emancipación y dónde la redención.


“Elvis”, el film del australiano Baz Lhurmann, está construido de esa manera, compleja pero lineal. Sus dos protagonistas están profundamente delineados en un guión que es bien pero bien sólido, sí, pero no los obliga a ser buenos o malos “porque sí”.


Y los dos tienen -en el arco argumental de la película entera- un recorrido de reconocimiento de sí mismos y una catarsis bien pero bien consagrada.


Quién es Quién


Elvis, en este film, es un dotado que no está seguro de poder disfrutar con honestidad de su propia dote, porque la trae de la norteamérica negra, la afroamericana. Él es hijo de la tierra de la libertad, pero no es libre de vivir su propia liberación. Elvis vive en una sociedad macartista, xenófoba y racista. También vive en un mundo en el que para ser más que el resto, hay que “triunfar”, sí o sí. En ese mundo un blanco nunca puede “ser negro”, mucho menos él, eso está completamente prohibido; aunque él se lo debatirá durante toda su vida. Su corta vida.


El coronel es un inmigrante ilegal que -adiestrado en las ferias de variedades itinerantes que tuvieron su apogeo en la era del crack económico de Wall Street y su posterior crisis de años- ha convencido a una nación entera de que es un noble coronel (¡con lo que aman los galones los norteamericanos!) que está allí para proteger y encarrilar al muchacho blanco a fin de mantenerlo como el ejemplo vivo del sueño americano por excelencia.


Fíjense cómo son las cosas ¿no?: un okupa blanco en territorio afroamericano y un inmigrante ilegal disfrazado de coronel norteamericano. Dos parias que parecen haber nacido para acompañarse hasta que la muerte los separe. Esta es la premisa que toma como punto de partida Lhurmann para contar su tragedia shakespireana y -como hay que hacerlo, porque así funciona mejor- mantiene la premisa hasta el final, ese final que ya lo conocés, que no es spoiler: Elvis muere a los 40 en una pesadilla de bipolaridad y adicciones a los psicofármacos.


En medio -entre el punto cero de la historia y su desenlace- está todo lo que ambos protagonistas viven para contar:


Un país meritocrático. Una cultura de jaula de oro. Un permanente clima de miedo -infundado- por lo que fuera distinto a lo “normal”. Una necesidad impuesta de ser individuos sobresalientes.

Todo eso está en la película.


Los recursos que utiliza Lhurmann para contar todo esto son bien fieles a su propio estilo como realizador (que es de los que amás o aborrecés): barroquismo visual, musicalidad al extremo, impacto en montaje y edición. El genial sello Lhurmann, bah.


Austin Butler como Elvis, brilla. Tom Hanks como el coronel, clavó EL PAPEL de su vida.


Sin parlamentos extensos, con mucha exuberancia, con un pulso entretenido (el que el cine pide para ser cine) y con un desarrollo al nivel de las grandes tragedias, Baz Lhurmann ha entregado su mejor película y -tal vez, no sé, mirala- una de las mejores películas de lo que va del siglo.


El mito que eligió era, a pesar de los excesos, inmaculado, emblemático del “norteamericanismo”, virginal en lo moral, parecía intocable, pero el muy atrevido ¡lo toqueteó bastante! Para comenzar nomás, bajó al “Rey del Rock & Roll” de ese pedestal innecesario en el que lo habían puesto. Ser un monarca y un artista contracultural de llegada masiva no puede ser compatible. Bien el trabajo de fábula que destruye la fábula naif que contruyó el australiano.


Una genialidad de película, no le hagas caso al trailer, que es recontra careta. Vos vela, si es en el cine, mejor. Y después... ¡decime si exagero!


Fernando Barraza - Publicado en Vá con Firma

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