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Poetas de la tierra

El sentido de lo regional en Luis Franco y Manuel J. Castilla


El catamarqueño y el salteño comparten no solamente el hecho de pintar con palabras un mismo espacio geográfico: el NOA. En su poesía subyace una ideología artística que enmarca lo local en lo universal.


El catamarqueño y el salteño comparten no solamente el hecho de pintar con palabras un mismo espacio geográfico: el NOA. En su poesía subyace una ideología artística que enmarca lo local en lo universal.


¿Por qué leer a poetas del NOA como Luis Franco (Belén, 1898-Buenos Aires, 1988) y Manuel J. Castilla (Salta, 1918-1980)?

¿Qué tienen para decirnos hoy?

¿Qué hay de nuevo o de viejo en su poesía?

¿Su ideal de belleza está vigente?


Son preguntas que nos hacemos como lectores y que podemos desentrañar a través de un recorrido por las imágenes, los temas y las ideas que aparecen en forma redundante en sus obras. Aunque mucha crítica ya ha tratado de responder a estas preguntas, la mirada como lectores comunes resulta más iluminadora, puedo decir por experiencia propia.


En primer lugar, la poesía del belicho tiene una amplitud temática desbordante en relación con la de otros escritores de la primera mitad del siglo XX, vinculados con corrientes literarias como el Neorromanticismo y el Surrealismo.

Algunos de los temas en los que él se focaliza son: la Naturaleza, el cuerpo humano, el mundo como dialéctica y como gestación constante, el Devenir, el Eterno Retorno, la belleza como revelación de lo que existe.


Franco se aparta de las corrientes estético-ideológicas de su momento por una elección individual más que por condicionamientos geográficos y culturales. Aunque la mayoría de los movimientos literarios ocurrían en Buenos Aires, él escribe deliberadamente a contrapelo, tomando distancia del tono nostalgioso y de las búsquedas formales de sus contemporáneos. Al mismo tiempo, se desarraiga de lo cercano pero para arraigarse más profundo en lo total-universal.


En el prólogo de su libro “Catamarca en cielo y tierra”, se puede leer: “Así pues, el poeta debe adentrarse en su tierra y en su medio, en los materiales que su pueblo le ofrece, no por facilidad casera o porque sea lo mejor, sino porque solo entrañándose en ellos, solo a través de ellos, puede expresar lo universal”. Ahí critica la falta de autenticidad de sus contemporáneos, a quienes no les atraen asuntos como los que enumera: la oposición entre pasado y futuro, la falta de reposo en la Naturaleza, la muerte como cambio de postura del ser, la lucha constante por el devenir y por la realización del hombre, la relación entre lo humano y el cosmos, la unidad entre el alma y el cuerpo, el subconsciente, la lucha de clases como motor de la historia, la democracia, y la liberación corporal y espiritual de la mujer y el niño. Este programa poético y filosófico se mantiene en toda su obra lírica y en varios de sus ensayos, en especial “La hembra humana”.


El programa poético de Castilla, no demasiado lejos del de Franco, aparece en sintonía con el del Grupo La Carpa, para el que el hombre y el paisaje eran motivos centrales. La Carpa surge en el NOA en 1943, integrado por escritores de Salta, Tucumán y Santiago del Estero como: Raúl Galán, María Adela Agudo, Manuel J. Castilla, Raúl Aráoz Anzoátegui, Nicandro Pereyra y otros más, que publicaban mayormente en el diario La Gaceta, de Tucumán. En el prólogo al “Primer boletín” literario, dicen: “Creemos que la poesía es flor de la tierra, en ella se nutre, y se presenta como una armoniosa resonancia de las vibraciones telúricas. Creemos que el poeta es la expresión más cabal del hombre, del hombre hijo de la tierra […] creemos que la Poesía tiene tres dimensiones: belleza, afirmación y vaticinio”.


Región y compromiso

Algo común entre ambos escritores es su huida del regionalismo y un anclaje en temas locales que dialogan con lo universal. Haría falta recordar aquella distinción que hizo Pedro Barcia en su artículo “Hacia una concepción de la literatura regional” entre literatura regionalista y literatura regional. De manera simple, el regionalismo se contenta con mostrar el “color local”, los rasgos típicos de un espacio geográfico, de una cultura. Lo regional, en cambio, nombra lo particular enmarcándolo en lo universal.

Para Barcia, el adjetivo regional tiene tres significados: uno meiorativo, que es “una forma de afirmación de la identidad de la región”, que “exalta el compromiso ético de rescatar lo regional como una parte de afirmación de Patria”. El otro es peiorativo y representa una actitud descalificadora que se aplica a una literatura de segundo nivel, “pintoresca, curiosa, típica, de color local.”


El tercero es un significado objetivo, en el que lo regional “no es ni bueno ni malo, simplemente es”, señala. Este último corresponde a lo que considera él la verdadera literatura regional, que “se apoya en las materias regionales para encarnar la expresión personal del autor [o autora] y proyectar una dimensión universal a los temas de su obra”. El crítico asegura que la literatura regional “es el verdadero nombre de la literatura, porque toda obra es regional […] ahonda en el suelo del hombre y con ello se universaliza”.


En efecto, en la poesía de estos dos escritores sobresale un impulso que lleva de lo particular a lo general, de lo circundante a lo que hace a lo humano en todo el devenir del Universo.

Para dar un ejemplo, en la lírica de Franco (“La flauta de caña”, “Los trabajos y los días”, “Nocturnos”, “Pan”, “Constelación”, “Suma”, entre otros libros), el tema de la Naturaleza ocupa una posición central. Desde la perspectiva del materialismo histórico y contraria al Surrealismo, concibe que hay una correspondencia profunda entre el cuerpo humano y lo cósmico (que comprende lo uránico, el Cielo, y lo telúrico, la Tierra). Además, el cuerpo es considerado axis mundi, el eje del mundo.


El uso de una serie de recursos expresivos como la comparación, la metáfora y la hipérbole funda la perspectiva de la correspondencia entre las esferas humana y cósmica, como en el poema 11 de “Suma”: “Talones casi pétreos y párpados alados;/ furioso, sereno río redondo de la sangre;/ árbol perpendicular de la médula;/ sudor y llanto reciamente salados como el mar;/ pecho en que desciende todo lo celeste y sube todo lo subterráneo;/ caudal del sexo, más largo que la Vía Láctea;/ músculos con toda la firmeza de la tierra”. Muchas de las referencias a lo femenino están atravesadas por esa misma ideología, como cuando alaba el cuerpo de la amada en “Entero cantar”: “Tu sonrisa en nupcial como los azahares/ y en tus caderas/ se desmaya un cantar de cantares./ A mosto da olor/ tu piel, viña madura en la madrugada”.


En la poesía de Castilla (“Luna muerta”, “Copajira”, “Cantos del Gozante”, “La tierra de uno” -entre sus libros- y en toda la poética del cancionero folclórico que creó, con letras como “La Palliri”, “La Pomeña”, “Zamba de Balderrama” y otras más, inmortalizadas junto a la música de Gustavo “Cuchi” Leguizamón e interpretadas por el mítico “Dúo salteño”) hallamos la necesidad de nombrar los elementos del paisaje y los que circundan lo humano, y que incluyen a tipos humanos, oficios y quehaceres de los excluidos; es decir de aquellos que están al margen de la sociedad instaurada como central por la “civilización” sarmientina. En “La Palliri”, -aborigen explotada en la tarea de moler rocas fuera de la mina- se encuentra esa misma belleza que funda la correspondencia:


“Qué trabajo más simple que tiene la palliri. Sentada sobre el cáliz de su propia pollera, elige con los ojos unos trozos de roca que despedaza a golpes de martillo en la tierra […] Qué inútil sería decir que en su mirada hay un pozo de sombra y otro pozo de ausencia”.

Metáforas como “cáliz” y “pozo” enlazan lo humano con lo natural, por encima de la denuncia por las condiciones de vida inhumanas.


En “Juan del aserradero” (del libro “Luna muerta”) retrata a un chaguanco que quedó tendido en la calle ebrio después de gastarse el salario, y dice:


“Y para que el solazo no le queme la cara y se despierte luego/ el yuchán de la calle tira sobre sus ojos sombra como un pañuelo”.

La personificación del árbol de palo borracho es, en este caso, el recurso del que se vale para marcar esa hermandad. La exclusión y la explotación de los aborígenes es un tema que ocupa parte de la obra de Castilla y de los poetas de La Carpa.


En su libro en prosa “De solo estar” aparece una concepción del tiempo como un fluir lento, que no es el tiempo de los relojes sino el de la cosmovisión indoamericana. Esa concepción se corresponde con la categoría del “estar”, definida por el filósofo Rodolfo Kusch como contrapuesta a la categoría existencial del “ser”, propia de la filosofía occidental. “Estar siendo”, es una condición a priori que funda la noción de lo que existe, para el hombre de nuestro paisaje. En la poesía de Castilla se da mediante el uso del gerundio que instaura un “presente durativo”, como señalaron las críticas Baumhart, Crespo de Arnaud y Luzzani Bystrowicz. Ese presente es el tiempo de la Naturaleza, que lleva implícitos génesis, regeneración y crecimiento.


En “Los coyuyos” (de “La tierra de uno”), dice: “Yo estoy aquí, plantado en medio del verano, oyéndolos./ Me llegan a la sangre por el árbol que besan aserrándolo/ y por la luz sin par y torturada/ que cae sin parar desde su canto./ Yo estoy aquí, bebiéndolos, gozoso”. Y en “El Gozante” (“Cantos del Gozante”): “Me dejo estar sobre la tierra porque soy el gozante./ El que bajo las nubes se queda silencioso./ Pienso: si alguno me tocara/ se iría enloquecido de eternidad,/ húmedo de astros lilas, relucientes./ Estoy solo de espaldas transformándome”. Es en este poema donde Castilla alcanza la mayor intensidad al expresar la simbiosis entre el hombre y el paisaje, con un “yo” lírico solo asimilable a lo que yace en la tierra para sostener todo lo vivo y está a punto de regenerarse, como el Pujllay.


Ideología y estética

En el contexto de la cultura se tejen redes que, en la literatura, organizan un mismo sistema poético: un sistema de vasos comunicantes que vinculan lo tradicional y lo novedoso, aun en poetas de diferentes períodos y espacios geográficos. En el caso de Franco y Castilla, comparten un mismo ámbito material y espiritual, el NOA, y eso se traduce en una identidad poética con leves matices de registro.


El crítico literario Terry Eagleton vio detrás de toda estética una ideología que se puede deconstruir, desentrañar. Al discurso poético de Franco lo podríamos considerar marcadamente contrahegemónico, porque se opone a la ideología estética de sus contemporáneos, al volver sobre temas de la Antigüedad clásica, ampliando su enfoque sobre lo regional. Y en definitiva es el enlazamiento entre lo humano y la Naturaleza (lo que se ha denominado Panteísmo) lo que funda una perspectiva regional y al mismo tiempo universal, como señalamos en los dos escritores.


Hay mucho más en el decir del catamarqueño y del salteño que los define como auténticos; quizá por eso siguen cosechando nuevos lectores, y las canciones con sus letras siguen rodando tierra. Porque la literatura y la música han ido desde siempre de la mano y son necesarias para ayudarnos a ver y sentir lo que es el mundo.


Jorge G. Tula / El Ancasti > Edición Impresa > Opinión

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