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  • Maria A. Martinez

Yo muero extrañamente

Primeras décadas del siglo XX: ¿Manuales de higiene?, ¿pedagogía doméstica?, ¿puericultura y urbanidad?, extrañísimas palabras en nuestros días de vertiginosa exposición personal y colectiva. Es raro para nosotros habitantes del siglo XXI imaginarse a la mujer como “la reina del hogar”, un símbolo que ancló definitivamente en el inconsciente social de la época, de la misma manera que en nuestra civilización cristiana y occidental ancló aquella historia de la manzana bíblica.



La mujer era quien “practicaba las virtudes de la castidad, abnegación y sumisión y cerraba el ciclo de su principal función cuando llegaba a la maternidad: procrear. La intervención de la Iglesia y de un patriarcado que no conocía límites estaba detrás de la configuración del ideal femenino: enfermera del hogar, responsable de la salud y cuidado de los niños, la preparación de los alimentos, guía de los hábitos de higiene y urbanidad sobre la prole. De aquí nacería “el ama de casa”, siempre continuando esa impronta de la mujer sumisa, detrás del hombre.


Yo muero extrañamente…No me mata la vida no me mata la muerte, no me mata el amor. Muero de un pensamiento mudo como una herida… ¿No habéis sentido nunca el extraño dolor?


Entonces aparece Delmira Agustini, nacida en Montevideo, Uruguay, hija de una familia “acomodada” de la ciudad. La muchacha empieza a publicar poesía a los 16 años, sorprende y escandaliza a la burguesía rioplatense. Ha estudiado francés, música y pintura, pero su capacidad para la poesía se manifiesta por sobre todas sus otras habilidades. Publicó su primer libro de poemas EL LIBRO BLANCO cuando tenía 21 años.



Un crítico de renombre le dijo que no encontraba explicación a que ella pudiera saber o sentir lo que escribía. Curiosa pregunta para un crítico.

Delmira escandaliza primero porque es mujer, después porque “siente”, sí, la suya es una poesía como hielo agrietado sobre el agua, estalla. Recoge un erotismo deslumbrante y lo estrella en la frente de los sorprendidos. Su lenguaje es su propia alma, la de esta mujer osada, que se atreve a transmutar el deseo, el cuerpo y el placer sobre la hoja escrita.


Amor, la noche estaba trágica y sollozante

cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura;

luego, la puerta abierta sobre la sombra helante,

tu forma fue una mancha de luz y de blancura.


Todo aquí lo alumbraron tus ojos de diamante,

bebieron en mi copa tus labios de frescura,

y descansó en mi almohada tu cabeza fragante;

me encantó tu descaro y adoré tu locura.


Introvertida y sumisa, se dice, nada impide que empiece sus amores de forma clandestina para evitar enfrentamientos con su madre, aunque luego serán cinco años y medio de noviazgo ritual, con visitas de dos veces por semana, tal vez caricias furtivas en el sillón de la sala, copita de licor antes de la despedida, zaguán. El deseo se suspende sobre la escritura, aguardando la noche de bodas.


Enrique Job Reyes es rematador de hacienda, hombre de negocios. Ella concibe un amor absoluto, su cuerpo desea un hombre. Sus cartas lo dicen, siempre serán sus cartas la que acompañarán su poesía, ambas ardientes, erotizadas, testimonio. Se casa con ese novio que no pertenece al ámbito intelectual donde ella ya había sido reconocida y había hecho sus contactos (entre ellos el poeta Rubén Darío), y ya no está enamorada de él (si lo estuvo). Para entonces ya siente un fuerte apasionamiento por el intelectual argentino Manuel Ugarte, quien irónicamente será uno de los testigos de la boda.


Un mes y medio dura el matrimonio. Se inicia el divorcio y poco después de la separación, no es fantasía ni rumor, están, otra vez, sus cartas escritas. Al no menos apasionado Ugarte, ella responde:


«Todavía me dura la embriaguez deliciosa de su última carta. ¿Si le dijera que hoy sufro escribiéndole? Me da miedo de parecer decirle demasiado y siento que todo lo que le diga me parecerá poco. Sin embargo, el deseo intenso, hasta doloroso, de volver a ver su letra, lo vence todo.»

La curiosidad surge en el hecho de que al mismo tiempo Delmira también empieza a verse en secreto con su todavía marido en las habitaciones que este alquila en un edificio de la calle Andes 1206.. El divorcio queda firme el 22 de junio de 1914 y ella vuelve a visitarlo el 6 de julio, entonces es cuando su, ya ex marido le dispara dos tiros en la cabeza y a continuación se suicida, todo en una habitación repleta de fotografías, pinturas y otros objetos de Delmira. Ella tiene 27 años, él 28.


Su historia, su final, impacta.

Una mujer joven, inconforme tal vez, desesperada por mantener un equilibrio que no encuentra, lanza sus imágenes decisivas mientras la espera amorosa la devora. Muestra hasta la carne más expuesta lo que en ella hay de íntimo. Ella es el personaje de su obra y su naturaleza no puede ser más femenina.



Dijo Octavio Paz: “Sólo los que saben que el amor está maldito y aun así se atreven a amar, merecen llamarse enamorados”.


Maria Aurelia Martinez

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